domingo, 21 de mayo de 2017

A QUÉ VOLVEMOS

El título de este texto tiene al menos dos órdenes de valor semántico. Uno refiere a un contenido programático concreto, lo que podría llamarse un plan de gobierno. El otro orden, anterior y más profundo, se enmarca en cuál va a ser el mito o el contenido mitológico que toda transformación social necesita para ser llevada a cabo. Este último aspecto es el que más interesa en la hora, ya que nos encontramos en el campo de la oposición, es decir, fuera de los espacios más altos de la gestión estatal. Espacios que debemos primero recuperar en el plazo más corto posible, para poder llevar adelante el programa.
Como se debe, es necesario empezar por la autocrítica. Luego del momento de acontecimiento que implicó la llegada de Néstor Kirchner al poder (en su sentido derridiano, es decir aquello que no puede ser previsible ni planeado, ni puede ser producto de un programa, aquello que no se espera y sin embargo constituye un horizonte de futuro. También aquello que no se hace efectivo sino que abre un espacio de posibilidad. Derrida ejemplifica el acontecimiento como un enamoramiento, algo inesperado y profundamente perturbador, justamente, por su condición de impredecible; aquello que no se anuncia y no obstante es algo esperable en la forma de un mesianismo. No puede haber ejemplos de acontecimiento, porque el acontecimiento es aquello totalmente singular. Un acontecimiento no es un hecho ni un programa, sino una proyección que se desarrolla en un espacio de virtualidad), en el cual el contenido mitológico estuvo definido por los Derechos Humanos, asistimos a un proceso de racionalización creciente en el mensaje del gobierno de Cristina que se centró básicamente en los logros económicos de la gestión, en el auge del consumo y cierta movilidad social ascendente. Una racionalidad instrumental que apuntaba al “órgano más sensible”, el bolsillo, y dejaba poco a poco de lado el componente mitológico identitario. En concreto, se seguía con los juicios y la política de Memoria, Verdad y Justicia, y se trabajaba sobre los Derechos Humanos, pero no ya en clave mitológica sino de gestión, es decir, sujeto a la idea de eficiencia. Tal cantidad de juicios, tal cantidad de detenidos, detención en cárceles comunes, etc. Configuraban una burocratización de la política de Derechos Humanos que se alejaba, al hacerse efectiva, cada vez más del contenido mitológico que era motor ético esencial en el que se basaba la legtimidad del gobierno. Obviamente que había que hacer efectivos los juicios y profundizarlos, ir por los cómplices civiles etc. Pero no se tuvo en cuenta que cuando el contendido mitológico se efectiviza y deja de estar situado en el horizonte de la espera y el porvenir, pierde su condición de mito, y debe ser reemplazo por otro para no perder fuerza hegemónica. Esto no se vio, no se hizo. Ningún mito reemplazó a los derechos Humanos. Se intentó, tarde, ir por “La Patria”, pero había allí una disputa no menor que se vio reflejada en la carnadura patriótica que generó en el adversario político el conflicto con las patronales agrarias de 2008.
No fue casualidad el ataque sistemático que el adversario político infringía a la política de Derechos Humanos. Resultaba evidente que allí estaba la fuente ética principal de legitimidad del gobierno. Derechos Humanos era, en términos de Laclau, el significante que funcionaba como articulador de una pluralidad de demandas. Era Memoria, Verdad y Justicia, pero también era empleo con salarios dignos, salud y educación pública, nacionalización de los recursos naturales y energéticos, etc. No se trata de enjuiciar lo que se hizo sino de comprender los por qué de cierto cansancio social con la propuesta del gobierno kirchnerista.  
En resumen, un espacio mitológico es aquel que es capaz de movilizar a una parte tan importante de la sociedad hacia un horizonte de ruptura con el orden establecido, de manera de generar una nueva hegemonía. El mito, siempre se encuentra a la vez en el pasado y en el futuro, es tanto herencia como tarea por cumplir. Y no puede subsumirse en una racionalidad instrumental ni económica porque se mueve en un espacio simbólico de virtualidad. Esta siempre ocurriendo, ese es el camino que va del mito a la utopía. El anclaje Derechos Humanos cumplía esa función mitológica, por eso el kirchnerismo homenajeaba a Alfonsín, iba hacia atrás, al juicio las juntas y se insertaba en la zaga de la primavera democrática del 83. Y si bien se apoyaba en la estructura del peronismo no se referenciaba en sus ritualidades. Aún menos con Cristina que con Néstor. El kirchnerismo no llamó nunca a festejar en la plaza los 17 de octubre ni los 1° de mayo en los 12 años de gestión,  su ritualidad era decididamente alejada del peronismo, lo que le permitía interpelar a otros sectores con diferente identificación partidaria. Solo el 15 de octubre de 2010 (15 y no 17 de octubre), el gran acto en la cancha de River organizado por la CGT conducida por Hugo Moyano, en el que participaron Néstor y Cristina, tuvo un fuerte componente peronista con toda su ritualidad e iconografía.
El contenido mitológico del kirchnerismo nunca se construyó a partir de las ritualidades peronistas, o si de vez en cuando lo hizo, fue sólo de manera tangencial, con una mezcla extraña de temor y respeto, de celo y bochorno. Hay que reconocer que eran lícitos y entendibles esos resquemores luego del paupérrimo papel que el peronismo, como
estructura partidaria, había jugado desde la muerte de Perón hasta el 2003. No obstante la condena kirchnerista a la estructura burocrática del PJ se hacía extensiva a las ritualidades peronistas, lo que mermaba el contenido mitológico e identitario con la tradición del peronismo.
En la etapa que nos toca, la de recuperar el poder del estado, se vuelve ineludible la pregunta: ¿a qué volvemos? A qué mito debemos regresar y a través de qué ritualidades podremos hacer resurgir esas corrientes subterráneas de rebelión que subyacen en el fondo de la conciencia colectiva popular, y que son las únicas capaces de poner un movimiento un camino de reformulación profunda de la sociedad, a través de la construcción de una nueva hegemonía.
Lo que muestra el presente es la vitalidad de peronismo, tanto como movimiento social, fuerza electoral y organización sindical, hasta el punto de que se le atribuye ser el garante de la gobernabilidad (¿no debería serlo el encargado de llevar adelante la gestión del estado, o sea el propio gobierno?), y es el actor principal de las próximas elecciones legislativas. Todo parece estar supeditado a la forma en que se resuelva la interna del peronismo. Por lo cual, creo prudente recomendar la vuelta a cierta mitología del peronismo. A un horizonte emancipatorio efectivo en su materialidad nunca consumada, es decir la posibilidad de un por-venir, sólo es posible a partir de la promesa, y esto es lo único que asegura la herencia como tarea y no como algo dado. Es  en esta dimensión de promesa emancipadora, pero, lógicamente sin Mesías, sin religión pero con creencia, que puede rescatarse una herencia mitológica del peronismo. Volver a establecer la gran síntesis siempre necesaria para pasar a la acción, de acuerdo a los requerimientos del momento actual, a través de esa polarización de términos imprecisos que constituye toda frontera político-ideológica y que agrupa alrededor de alguno de los polos a todas las singularidades sociales; única operación, de racionalidad populista, capaz de ser efectiva a partir de la democracia de masas. Reespectralizar, en el sentido de rescatar y recuperar una lógica propia de formación de una identidad colectiva, que se produce a través de una totalización y permite la horizontalidad de diferentes demandas de distintos grupos que comparten y se reconocen en una situación de opresión. Cierto espíritu del peronismo sólo sería posible a partir de poder establecer una crítica radical, o sea una crítica capaz de autocrítica hacia todas las interpretaciones del peronismo y sus conceptos, su idea de sujeto, de clases, de producción, de comunidad organizada, de organización sindical y política, de aparato estatal y hasta de la marcha partidaria (¿no debería decir “compartiendo al capital”?), pero partiendo siempre de la mitología que pone a los trabajadores en el centro de la escena, y no sólo a los trabajadores sino a su felicidad. Hay cierto espíritu del peronismo que se vuelca a trastocar lo establecido, que asume una postura cuestionadora y a la vez plantea una cierta afirmación emancipatoria y una experiencia de la promesa libre de toda dogmática. Cierto espíritu de apertura hacia algo nuevo e inesperado que plantea nuevas formas de acción, de prácticas, de organización, de cultura. ¿Qué sería, hoy, mantenerse fiel a cierto espíritu mítico del peronismo? No renunciar a un ideal de democracia y emancipación, intentando pensarlo y ponerlo en práctica de otra manera. La tarea y la responsabilidad de un heredero que revisita y revisiona también su propia herencia desde una crítica radical. Y a partir de reconocer la singularidad absoluta de un proyecto y una promesa de los cuales somos herederos nos guste o no. Una llamada  a la responsabilidad de crear nuevos conceptos del hombre, de la sociedad, de la nación, del estado. La responsabilidad de un heredero, porque guste o no, lo quieran o no, en la Argentina todos somos herederos del peronismo, de la singularidad de un proyecto y una promesa. Un acontecimiento singular e imborrable. Cualquier reelaboración crítica del concepto de Estado, de Estado-nación, de soberanía nacional, de ciudadanía, de autonomía del derecho con respecto a los poderes socio-económicos, que se intente llevar adelante en Argentina, no podría hacerse sin la referencia permanente y sistemática al peronismo.
La referencia central del peronismo: los trabajadores. “No existe para el justicialismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan, funciona como una formula desalienante, porque al poner en el centro de la escena al trabajador y al trabajo, se desplaza la atención de los productos del trabajo, y sobre todo de estos productos en su forma mercancía. No para ocultarla sino para que se priorice el valor de uso sobre el valor de cambio. Poner el capital al servicio de la economía y no a la inversa, sin duda tiene mucho que ver con esto, con la pregunta de ¿para qué sirve la producción? Lo que importa aquí es el trabajador, mucho más que el producto del trabajo o su intercambio; las mercancías dejan de concebirse como una realidad en sí y pasan a transformarse en un medio para la felicidad social. Desmercancializar la producción situando al trabajador por sobre el producto del trabajo es sin duda una acción discursiva, pero también práctica, de una inusitada novedad y que habría que recuperar.
Ya no la discusión sobre si en el valor de uso está  implícita la fetichizacion de las mercancías, es decir, la fantasmagoría, sino la referencia al propio proceso productivo desde el punto de vista del trabajador, y cómo éste proceso, el trabajo, afecta sobre la propia vida de los trabajadores para mejorarla. Lo que podría entenderse como un clasismo no marxista. A propósito de esta conjuración que el peronismo intenta sobre la alienación del trabajo, funciona la economía mercantil como subsidiaria de la producción y a la vez la producción supeditada a las necesidades de los trabajadores. 
La centralidad de los trabajadores en la mitología peronista es algo que claramente debemos rescatar, su centralidad en la toma de decisiones dentro del proceso productivo y en la construcción de los programas de gobierno a través de la CGT. Volver al peronismo no implica en forma alguna recostarse en los planes quinquenales o al IAPI, sino mantener viva la mitología de la felicidad social y sus rituales, sus 17 de octubre y sus 1° de mayo, cantar la marcha, gritar a viva voz “qué día peronista” cuando salimos al sol radiante. Y construir en términos efectivos la posibilidad de un gobierno de los trabajadores y para los trabajadores sin intermediarios. Frente a la supuesta “revolución de la alegría” (y alegría siempre supone algo superfluo, casi una simulación), oponemos la revolución de la felicidad peronista que nunca nos podrán quitar. Esa felicidad del compartir, de sentir toda injusticia como afrenta y así y todo cantar para conjurarla e ir a la lucha, la felicidad de ser con otros. No la alegría vana del individuo aislado sino la felicidad social del que construye en comunidad.


Ya sabemos cuales fueron los días más felices…A eso, volvemos.

martes, 2 de mayo de 2017

KIRCHNERISMO Y MACRISMO EN EL ESPEJO






Que en la Argentina existe una fractura social no es algo que vamos a descubrir ahora, no obstante desde hace algunos años que se habla de “la grieta”. Un término fácil que delata la pereza mental que emana de los medios hegemónicos (que son hegemónicos porque son capaces de ponerle nombre a las cosas y a los hechos, y que esos nombres circulen y se establezcan como categorías) y que  no da cuenta ni de la profundidad de la fractura social existente ni de las continuidades y semejanzas que existen en la forma como se han estructurado política y socialmente  los dos polos que se disputan la hegemonía cultural de la Argentina.
Sobre todo me interesa trabajar sobre las semejanzas y continuidades, porque las diferencias son más que evidentes y se pueden palpar a plena luz en los hechos cotidianos.
La crisis del 2001 dejó mal heridos a los dos partidos políticos que monopolizaron la vida política argentina durante casi todo el siglo XX. El radicalismo y el peronismo. La profundidad sistémica de esa crisis, en la que no debería olvidarse que se estuvo a pasos de la disolución nacional, se vio soslayada porque la recuperación económica que logró el gobierno asumido en 2003 nos depositó en una dinámica de crecimiento y en una vorágine política en las que, con altibajos,  aún estamos inmersos. Tal fue el estilo vertiginoso de Néstor Kirchner.
Lo cierto es que tanto el gobierno actual como el anterior son emergentes de esa crisis política y social casi terminal que incluyó una de representación. El kirchnerismo y el macrismo fueron paridos a la sombra del 2001, los piquetes, el corralito, la represión y el helicóptero en el que huyó De la Rúa por los techos de la Casa Rosada.
No debemos olvidar que aún después de la catástrofe de 2001 la opción neoliberal en las elecciones de 2003, dividida en dos fuerzas políticas, sacó el 40% de los votos. El kirchnerismo emergente  sacó apenas más que el 22%. Si Macri hoy tiene que enfrentar el fantasma del helicóptero y demostrar que no es De la Rúa frente a una sociedad movilizada, también tuvo que enfrentar lo mismo Kirchner, (no debemos soslayar el rol ciertamente normalizador de la presidencia interna de Eduardo Duhalde) si bien Kirchner debió hacerlo en medio de la peor crisis de la historia nacional, cosa a la que no se debe enfrentar Macri ya que se le entregó un país desendeudado y en franco funcionamiento a pesar de cierto problemas, mayormente de restricción externa. Pero el origen de las dos estructuras que hoy se disputan la hegemonía cultural de la argentina es el mismo. La sombra de 2001 los recorre y los condiciona en su accionar por acción y/o por omisión. El desafío de interpelar a la clase media también los emparenta. De hecho “la grieta” como accidente geográfico político que destruye o empioja reuniones y relaciones familiares pareciera ser sobre todo una situación que ocurre mayormente en la clase media. La otra fractura, más profunda y concreta, entre ricos y pobres no sería representada por lo que en los medios concentrados y en el habla general se denomina, ya lo dijimos que perezosa y torpemente, “la grieta”.
“La grieta” expresa entonces una división en la subjetividad de la clase media, en la cual se juega el sentido común capaz de construir hegemonía. Para el movimiento nacional y popular es necesaria la conquista de la subjetividad mayoritaria de la clase media porque le asegura el complemento electoral para la construcción de una mayoría y a la vez distribuye el sentido común hacia abajo. Lo mismo le pasa a la opción neoliberal: la construcción subjetiva neoliberal, una ideología de ricos, sería incapaz de penetrar en sustratos populares si no fuera mediada por una mayoría en la clase media que guarde contacto directo con sectores populares.
Como se ve, los sujetos políticos a interpelar por las dos opciones parecen ser las clases medias. El kirchnerismo en su última etapa se volcó decididamente a esta opción dejando librado al azar la relación con el movimiento obrero. El macrismo por su parte siempre intentó recomponerse en los sectores medios para quienes elaboró un discurso finamente elaborado desde lo comunicacional aunque rústico en su contenido, acorde a su interlocutor. La composición del voto macrista en el ballotaje del 2015 expresa el triunfo neoliberal sobre las clases medias que anteriormente se habían volcado a cierto progresismo, expresado tanto por los gobiernos kirchneristas como por otras opciones electorales como el socialismo santafesino. Cabe recordar que estas dos opciones congregaron el la elección presidencial de 2011 más del 70% de los votos (54% fueron para la opción kirchnerista). Por esta razón también fue sorpresiva la victoria de Cambiemos en la Provincia de Buenos Aires, porque se ganó el voto de un público al que no se había propuesto interpelar: el pobre del conurbano profundo. Lo que demuestra también la incapacidad del kirchnerismo de interpelar a esos sectores discursivamente. Tanto el kirchnerismo como el macrismo trabajan en un nivel discursivo para las clases medias. El kirchnersismo lo hace apelando a una cierta tradición progresista, iluminista y humanista, profundamente ética y racional. El macrismo trabaja sobre las pasiones, la moral, el individualismo, la necesidad de orden, las nuevas herramientas tecnológicas y las ideologías del new age mixturadas con una retórica de pastores evangélicos.
Pero las similitudes y cosas en común se extienden. Si cómo bien marcaba Ernesto Laclau, una identidad colectiva se forma a partir de la posibilidad efectiva de articulación de  una serie de demandas insatisfechas a través de una cadena equivalencial, de manera tal de poder construir un antagonismo, es decir, de poder establecer un cierre, un afuera, un otro ontológico que aparece como el responsable de la insatisfacción de todas las demandas que forman la cadena. Se forma entonces una totalidad parcial -valga el oxímoron-, una vez que se ha establecido este antagonismo radical, que es condición para que exista una identidad colectiva.
Me gusta decir que uno de los que mejor leyó a Laclau fue Duran Barba. Claramente, siguiendo esta idea, podemos ver cómo se articula el discurso tanto macrista como kirchnerista. Cuando las demandas son capaces de articularse en una cadena equivalencial, es decir, son una pluralidad de demandas que han tomado la forma de una lucha hegemónica, que han logrado establecer un cierre, un afuera, y han sido capaces de articularse en un discurso que las contiene a todas, pero además se ha logrado privilegiar a una de ellas como la portadora de sentido, se ha creado una identidad popular; por ejemplo, la idea de Derechos Humanos que enarboló el kirchnerismo.
Para el macrismo, la construcción identitaria se hace contra el kirchnerismo a quién se acusa de todos los males y se lo sindica como la causa de todas las demandas insatisfechas de la sociedad. En este caso el significante flotante usado fue la palabra “cambio” que logró sintetizar una pluralidad de demandas insatisfechas luego de 12 años de un mismo signo político al frente del gobierno.
En las dos creaciones de sentido se trabaja de la misma manera, estableciendo un cierre antagónico radical capaz de soldar la identidad propia. Es en esta lógica de construcción de sentido, es decir de discurso, en la que debe rastrearse tal vez la similitud más profunda en la forma en que macrismo y kirchnerismo construyen las identidades y las alteridades, y donde trabajan de manera espejada. La pregunta es si esta lógica llevada irresponsablemente al extremo se condice con los valores de una democracia. Sin duda, en tanto las instituciones de la democracia sean capaces de articular, mediar y dirigir el conflicto, estaríamos en una democracia de alta intensidad, quizá deseable. Pero se vuelven imperativos entonces el respeto institucional, la división de poderes y el correcto funcionamiento de los mecanismos de contralor, así como una regulación eficaz de los medios de comunicación. Porque si esto no funciona correctamente, es fino el hilo del que pende la democracia de alta intensidad para no mutar en un franco enfrentamiento en el cual quien detenta los poderes del estado tiene todas las de ganar. Se suscita un problema adicional: durante el kirchnerismo la prensa hegemónica funcionó en el mejor de los casos como mecanismo de control, lo mismo que el poder judicial. En la actualidad nos encontramos con una particularidad que no se dio anteriormente, en la cual los medios de comunicación encumbren y disfrazan los hechos  y hasta nombran ministros de áreas sensibles. Y el poder judicial, al menos una parte importante de él, se encuentra cooptado por el gobierno, lo mismo que un sector de la oposición política. Esto vuelve la situación sumamente conflictiva porque justamente se obturan los canales de resolución democrática de conflictos. Claramente, también existen las diferencias entre una y otra fuerza social y política en términos concretos. Quiero decir, que por más que existan las similitudes, no se deben olvidar las diferencias entre las acciones de los distintos actores políticos cuando les toca gobernar. Basta recordar la solución encontrada por el gobierno de Cristina Fernández al conflicto por la resolución 125: luego de semanas de cortes de rutas en todo el país y dos multitudinarias marchas, una a favor y otra en contra del gobierno, la entonces Presidenta dio lugar a la intervención del Congreso para la resolución del conflicto. En este caso las instituciones encauzaron la situación y aunque significó una derrota política en lo inmediato para Cristina Fernández, le dio aire y legitimidad al sistema democrático y quizá haya sido una de las causas que le permitió un triunfo con el 54% unos años después. Cabe preguntarse cual sería la reacción del gobierno actual frente a una situación similar, cuando vemos que por un conflicto menor se recurre a la represión violenta.
Lo dijimos, era menester de este texto marcar las similitudes entre macrismo y kirchnerismo, pero para eso, se vuelve necesario también hacer lugar a las sustanciales diferencias.

viernes, 31 de marzo de 2017

SEMBLANZA POLITICA






Es la primera mujer gobernadora de la Provincia de Buenos Aires. No es poco. Vive refugiada en una base militar como parte sustancial de la puesta en escena: su condición de mujer desvalida y víctima que se ha internado en un territorio de machos bravíos (los barones del conurbano, peronistas, claro). Papel que sabe  muy bien ejecutar frente a las cámaras de los medios de comunicación apologéticos de su figura, pero también como un mensaje de dos caras: debo protegerme porque enfrentaré mafias, pero no tengo problema en tomar medidas de extrema dureza. Es un caso curioso el de María Eugenia Vidal que vale una mirada detallada.
Como todo lo que emana del gobierno macrista tiene mucho de puesta en escena, de actuación entrenada en los cursos de coaching, es decir un entrenamiento que busca el camino más eficaz para un objetivo determinado. Hay que reconocer que Vidal aprende bien, parece ser un material maleable para los entrenadores. Incluso los cursos de autoestima y la meteórica dieta le hicieron creer que tiene algún atractivo físico y nos sólo eso, sino que empujada por los medios amigos, mucha gente hasta logra ver en ella una mujer atractiva. No obstante, Vidal es por lejos uno de los mejores cuadros políticos del pobre elenco gobernante, y tiene sus virtudes. Una gran capacidad de aprender a actuar frente a las cámaras y de acompañar su discurso con la gestualidad correcta (aunque aún se notan a veces los hilos del coaching en gestos un tanto afectados y con cierta exageración, pero, ya lo dijimos, aprende rápido). Ha comprendido perfectamente el lugar desde donde habla y a quién le habla. No habla desde la política, desde ninguna pertenencia partidaria ni ideológica, tampoco desde el lugar de empresaria o CEO´s como muchos de sus compañeros de partido. Habla desde el lugar de la mujer común que sólo se metió en política por afán de ayuda. Pura bondad y voluntarismo. Forjado su aprendizaje de campaña durante la última elección, supo hablarle a un electorado despolitizado y que desconoce de ideologías aunque las tenga, haciendo una religión del discurso moderado y los buenos modales. El mismo electorado al que intenta dirigirse Sergio Massa.. Sabia elección puesto que constituyen la tan mentada “mayoría silenciosa”. Fueron ellos quienes la llevaron a la gobernación bonaerense.
Así como el Papa Francisco aprendió de Néstor Kirchner su postura irreverente y antiprotocolar como gesto político, hay ciertos ademanes de Vidal que le deben autoría a Cristina Kirchner. La obsesión por la propia eficiencia en su trabajo, la ostentación de memoria y el conocimiento detallado para poder hablar de cualquier tema con soltura y solvencia, o dar discursos coherentes sin leer, la emparientan a ciertas características de la ex presidenta. Pero quizá la más importante coincidencia sea la capacidad para hablar con la mezcla equilibrada de racionalidad y emotividad capaz de cautivar. Lo que en CFK era natural e ideológicamente construido, en Vidal aparece ensayado, entrenado  y como producto del pragmatismo de la publicidad y el marketing, pero no por eso es menos efectivo. Vidal es la única dirigente del oficialismo con la capacidad de ejercer un liderazgo de tipo carismático que la puede llevar a la presidencia.
Algo del universo del carisma hay en Vidal, y lo que le falta se sustituye con capacitación y entrenamiento, con focus group para poder comprender y hablar el idioma de “la gente”. Quizá el mayor exponente de cierta doctrina del gobierno actual: decir todo lo contrario de lo que se hace. Es casi la única que lo hace bien. Cuando habla, mucha gente le cree. Luego está la gestión, los problemas de gestión, la vida real. Pero lo real, se sabe, como en todo producto, es secundario.

COMPLEJOS




Hay situaciones psicológicas que afectan a las personas, eso es normal y está en la decisión y la posibilidad de cada sujeto enfrentarlas y, si les es posible, reparar en pos de una mayor salud mental. El problema se suscita cuando a esas situaciones irresueltas y problemáticas el sujeto las busca resolver en la esfera pública, e incluso y peor, dentro de la función pública, ya que ese problema individual sin resolver puede afectar a millones de personas. Un caso quizá emblemático sea el de Alejandro Rozitchner, el “filosofo” presidencial. Quien en su obstinado afán de resolver cuestiones psicológicas con su padre, el gran pensador de izquierda León Rozitchner, ha llegado a la condición menos deseable para cualquier persona que intenta pensar con cierta libertad, la de ser un propagandista oficial del poder. De buenas fuentes, cercanas a la familia Rozitchner, se sabe que el separarse papá León de su mujer, Alejandro fue criado por su madre. Las cuentas pendientes familiares con su padre parecen jugarle a Alejandro una mala pasada, y llevarlo a un camino de enfrentamiento sistemático que intenta desarrollar en el mismo terreno en que su padre se desenvolvía con maestría. Sin embargo, el problema mayor no tiene que ver con los complejos irresueltos del hijo sino con cómo la problemática clínica afecta en este caso a millones de personas a las cuales Alejandro intenta influir con sus textos de extrema simpleza dedicados a difundir las bondades y la conveniencia de la estupidez y el individualismo en un mundo que los premia especialmente. Textos difundidos con dineros públicos. Sueldo de asesor pagado con dineros públicos. La “guerra” con papá León pareciera motivar cada línea escrita por Alejandro. No obstante, otra situación se suma al complejo irresuelto y a la “guerra” con papá: la imagen espejada de otro gran batallador contra su propio padre, en quién Alejandro encuentra un par, una referencia que lo enamora. El Presidente Macri. Capaz de dar la lucha fraticida en el terreno del poder y haber llegado a una altura que permite una disputa de igual a igual con su padre y mentor Franco, hasta el punto de intentar condonar una deuda de 70.000.000 a su propio padre, que a pesar de no haberse podido efectivizar, en términos psicológicos no deja de ser una muestra de triunfo y un mojón en la historia familiar de los Macri. Situación de igualdad a la que nunca podrá aspirar Alejandro, y no sólo porque su padre se encuentra ya fallecido.

martes, 14 de marzo de 2017

LA FIESTA Y LA MUERTE

“No se trata de volver a animalidad perdida, sino de recuperar para lo humano la animalidad negada”. 
Georges Bataille



Se me vuelve ineludible hablar de los hechos de Olavarría. Para hacerlo con cierta honestidad, hay que repasar el contexto de gestación del fenómeno “ricotero”. Su pasaje del under a la masividad, que se produce cuando en amplios sectores de la sociedad, sobre todo jóvenes, ocurre un desencantamiento. Es el momento en que la democracia alfonsinista que había entusiasmado muestra sus límites y sobreviene el desencanto y luego, para enormes masas de jóvenes, el vacío existencial de los años 90. Todo sentimiento de pertenencia a una comunidad había sido devastado. El auge del individualismo y la frivolidad invadió la vida social en su conjunto (situación que hoy aparece como una remake refinada, elaborada por los discursos del marketing y la autoayuda. La tragedia y la farsa). Hasta esa difusa identidad en la que el pueblo argentino suele buscar refugio y esperanza cuando se siente explotado y oprimido, que es el peronismo, había sido traicionado y mancillado. Sobre ese suelo infértil de ideologías es que se masifican los conciertos de Los Redonditos de Ricota. El mítico concierto en el estadio de Huracán en 1994 ya muestra un ritual propio como una reconstrucción hecha de las esquirlas de las identidades dispersas que iba dejando el vendaval neoliberal.
Si algo caracteriza en términos culturales al neoliberalismo es el afán de suprimir la historia, borrando así cualquier arraigo identitario y promoviendo un desencantamiento del mundo que busca arrasar con todo lo mítico. Es por eso que siempre se presenta con ropa de futuro, como la cara siempre modernizante e inevitable de la subjetividad occidental. En medio de ese desastre económico y cultural que fue la década del 90, se fue construyendo un espacio de resistencia mítica, una fiesta de la trasgresión y la libertad, que permitía una identificación y una participación que en otras instancias sociales estaban vedadas y a la vez, como toda verdadera fiesta sagrada, invertía los roles sociales establecidos y generaba una continuidad de los cuerpos en comunión en lo que se daría luego en llamar “el pogo más grande del mundo”. Suerte de supervivencia de antiguos aquellarres, los conciertos de “Los Redondos” se vuelven cada vez más un acto religioso, un mundo sagrado que era a la vez negación de ese mundo hostil y profano que fuera del rito dominaba todos los espacios sociales. Pero, se sabe, el mundo sagrado también está determinado por lo que niega. La violencia, lógicamente, no puede dejar de formar parte central en la fiesta religiosa, ella le da su carácter majestuoso y sacrificial. Las grandes peregrinaciones hacia los conciertos, las largas y ásperas esperas, se transforman en partes sustanciales de la ritualidad, forman parte del sacrificio y la flagelación. Toda fiesta es la negación de los límites de una vida ordenada por el trabajo y el sacrificio es el acto religioso por excelencia. Momentos pletóricos en los cuales se supera el temor a la muerte. Es decir, la muerte, el sacrificio, se hace presente siempre en los actos sagrados, ya que constituye el límite máximo. Todo momento de voluptuosidad es evocador y desafiante de la muerte.
¿Puede sorprender que en la era de la virtualidad una multitud busque desesperadamente vivir una experiencia real del ser? En un mundo desencantado la necesidad de un reencantamiento se vuelve violenta. No sorprende tampoco el hecho de los contextos sociales en los cuales se produjeron las muertes en los conciertos de la banda. Fueron en momentos en que el estado gerenciado por tecnócratas busca eliminar toda subjetividad que se oponga a los designios culturales del capitalismo financiero global. 1991, Walter Bulacio (golpeado salvajemente en la comisaría 34°); 1998, Javier Lencina (cae de un vagón de tren en viaje a ver un concierto en Córdoba); 1999, Jorge Ríos (heridas de arma blanca durante un concierto en River Plate); 2001, Jorge Felipe (cae desde la platea en el estadio olímpico de Córdoba). Las fiestas ricoteras se caracterizan en esos años por una violencia exacerbada y un animosidad creciente contra las fuerzas policiales. Llamativamente, cuando opera un cambio de contexto político, cultural y social las muertes cesan hasta los incidentes de Olavaria, cuyo contexto vuelve a ser de profunda crisis y deterioro social (quizá sea sólo un coincidencia, quizá no y pueda profundizarse en esta línea de análisis).
Mas allá de las personas y las personalidades, en este caso El Indio, quien con su poesía efectiva ha contribuido a que varias generaciones encuentren palabras y conceptos propios para metaforizar los que les pasa, lo que me interesa especialmente destacar es la forma en que se manifiestan las necesidades humanas de la trasgresión y la experiencia sagrada en contextos donde se intentan suprimir las identidades colectivas y eliminar la historia que las constituyen, buscando reemplazarlas por meros slóganes pulicitarios, apelaciones inciertas a falsos futuros venturosos y respeto irrestricto a las normas impuestas por el sistema.
No debe olvidarse tampoco que una fiesta, en el sentido que aquí le vengo dando al término, es siempre una manifestación popular y por tanto aparece amenazante para el orden establecido ya que lo subvierte y se burla del mismo.
Eran los recitales del Indio unos de los pocos espacios culturales y sociales que aún no habían sido domesticados. De ahora en más, se verá.

miércoles, 8 de marzo de 2017

LA NECESIDAD DE UNA LECTURA RACIONAL





La multitudinaria marcha convocada en el día de ayer por la CGT y su bochornoso final, exige una lectura que pueda apartarse de las emociones. Dejar de lado el costado emocional en el cual la canalización del descontento popular con el gobierno de Mauricio Macri encontró un direccionamiento errado. El enojo y el malestar social son evidentes y crecientes, eso es innegable. La excesiva paciencia de los dirigentes cegetistas para con el gobierno, que parecía empezar a agotarse a partir de la masiva marcha, es probable que a partir del final de ayer con los sectores mas combativos del sindicalismo “copando” el palco, se transforme quizá en un nuevo acercamiento entre la dirigencia de la CGT repudiada ayer y el gobierno de la alianza Cambiemos, con el perjuicio que eso traería para los trabajadores en un contexto de despidos, suspensiones y pérdida del poder adquisitivo del salario.
Una lectura racional invita a reflexionar sobre quienes fueron los principales beneficiados con el final caótico de la marcha de ayer y la deslegitimación del triunvirato de la CGT. El movimiento obrero organizado, es la única organización con la capacidad de articular un plan de lucha capaz de paralizar el país y poner de rodillas al gobierno de Mauricio Macri. Si esta organización no encuentra unidad en la acción, sus dirigentes se encuentran deslegitimados y no se resuelven las cuestiones políticas internas, significa un soplo de aire fresco para un gobierno que empezaba asfixiarse.

La excusa de la fecha esconde un problema político que beneficia al gobierno. Si se definía la fecha ayer o se define dentro de una semana, no existe diferencia. El paro ya estaba convocado. El descontento popular excedió a unos dirigentes carentes del carisma y la personalidad que necesita el momento actual, eso quedó claro. En hechos concretos, la cosa no pasó más allá de algunos manotazos y corridas entre algunos sectores de los que sobresalió Camioneros con Pablo Moyano a la cabeza. En otras épocas de la argentina no hubiera sido tan suave el enfrentamiento, por suerte los años de democracia parecen no haber pasado en vano. Y esperemos que esto no sea el inicio de una escalada de internismo radicalizado en el campo popular. Lo cierto es que políticamente el significado es otro. Muestra que a pesar del sufrimiento del pueblo con las políticas neoliberales, aún no existe la unidad de concepción y acción que permita un avance concreto del campo popular. La madurez necesaria para lograr ese avance dependerá de que los dirigentes y los militantes da cada espacio del campo popular, comprendan que el internismo desmesurado y los intereses personales no son el camino que permita un triunfo popular. Necesitamos de un dialogo sincero, del reconocimiento de errores propios y ajenos. El famoso baño de humildad que nos permita reencontrarnos en la lucha conjunta contra un gobierno que se muestra cohesionado y aprovecha cada fisura del campo popular para avanzar. Sino comprendemos eso y nos dejamos llevar por la bronca mal dirigida y los reproches cruzados, un triunfo del campo popular estará cada vez más lejos.

viernes, 27 de enero de 2017

LA MENTIRA DE LA POSVERDAD


Palabras que se ponen de moda. Cuando asomaba la posmodernidad se hablaba de desterritorialización, cartografías, fragmentos. Términos que venían de la mano de la globalización. El nuevo norte que la humanidad, al menos su costado occidental, se había fijado. Utopía de la que siempre se debe desconfiar, la globalización intentaba hacerse efectiva en la formación de la Comunidad Económica Europea, en la que no sólo habría libre circulación de mercancías y capital, sino tambien de personas. Luego la posmodernidad mostró ser una ilusión y se paso a hablar de modernidad tardía. En la región latinoamericana emergieron proyectos  que rescataban ciertas formas del humanismo moderno y rechazaban la globalización implantada desde Europa y los Estados Unidos para proponer otras formas de reparto de la riqueza y a un multiculturalismo regional apelando a significaciones profundamente arraigadas en la cultura popular formada durante los momentos más significativos de la modernidad del siglo XX. Esa emergencia hacía descubrir la farsa posmoderna y su  asociación a una globalización planteada desde el centro a la periferia. Un nuevo protagonismo de los pueblos (concepto dejado de lado durante el auge posmoderno) hacía resurgir corrientes subterráneas de fuerza popular, tradiciones de luchas que se creyeron obturadas para siempre. Aún hoy se intenta poner fin a esa experiencia latinoamericana, en la mayoría de los casos repitiendo la receta del  viejo y fracasado neoliberalismo, con el aliciente de que ya no lo respalda la idea de globalización ni la de posmodernidad, que se han visto mancilladas con llegada de Donald Trump al poder de los Estados Unidos, la salida de Inglaterra del la Comunidad Económica Europea, la crisis de los refugiados y el cierre de fronteras generalizado con auge de xenofobia que vuelve a recorrer el mundo. Se recomponen los territorios de pertenencia, regresan las apelaciones nacionales, hay un resurgir de las identidades colectivas que contradicen las claves de la posmodernidad y la globalización y de alguna manera le ponen fin a esa fallida utopía. Nuevos ardides literarios construye la derecha neoliberal para armar sus relatos y justificaciones. Las neurociencias, que no sólo intentan penetrar en todas las ramas de la ciencias humanas, sobre todo las sociales, sino que intentan reducir al ser humano a un conjunto de estímulos que pueden ser regulados y manejados. Surgen entonces conceptos como "capital mental", ideas tales como que "la pobreza es un entorno mental", etc, Que borran los condicionamientos y las responsabilidades sociales, para centrarse en una suerte de meritocracia que justifica el gobierno de los ricos a través de un biologisismo genetista heredero del más rancio positivismo. Y a la vez, para reforzar las contradicciones, las ideas cruzadas, la cara y su contrario (formas usadas por los medios de comunicación masivos para infundir confusión. Forma elemental de vulnerar poco a poco la subjetividad) aparece la idea de "posverdad". Que se asocia la virtualidad, y que a fuerza de ser rigurosos deberíamos llamar posempiria (es decir aquello que no está guiado por la vivencia ni la experiencia concreta de los sujetos), porque la idea de verdad está cuestionada desde Nietzsche y nadie medianamente serio puede pensar, desde hace casi cien años en "la verdad" más que en sus formas relativas y de construcción discursiva. Pero sí resulta novedosa esta forma de entender la realidad a partir de la virtualidad y no de la experiencia concreta o la vivencia cotidiana. Como puede verse, el mensaje contradictorio se presenta: por un lado la certeza de las neurociencias, por el  otro la construcción de las concepciones a través de la posempiria. Las subjetividades se encuentran así desarmadas. Sobre esa confusión opera el discurso del nuevo neoliberalismo que ya no puede refugiasrse en las bondades de la globalización y en los somníferos de la posmodernidad, porque ya quedó claro que lo único que circula libremente por el mundo, al menos por ahora, es sólo el capital. El estado está de vuelta en el centro de la escena, pero para regular de manera neofascista los cuerpos y las identidades, como atento gendarme de la libre circulación del capital. casi lo único libre que queda, insisto, al menos por ahora.

viernes, 20 de enero de 2017

EL ENIGMA TRUMP



¿Será quizá para un importante sector postergado de ciudadanos norteamericanos un voto contra las consecuencias del neoliberalismo, como le escuché decir a la ex embajadora en los Estados Unidos Cecilia Naom? Es una lectura posible e interesante para profundizar. 
Sin dudas Trump es disruptivo para el sistema al menos en la previa. Quizá luego muestre una cierta adaptación. Lo cierto es que es un enigma. Sería prudente desconfiar de las demonizaciones que sobre ciertos candidatos construyen los medios hegemónicos de acá y de allá. Ciertamente Trump no tuvo el apoyo de los grandes medios y la candidata apoyada por el complejo de bancos de Wall Street y el complejo militar industrial era Hillary. Al parecer, los poderes fácticos norteamericanos no confían en Trump. 
Es claro que en términos políticos y culturales no representa Trump una opción progresista. Cabe preguntar si había una opción progresista con posibilides de ganar la elección, porque claramente no puede catalogarse de progresista a una Hillary que desde el departamento de estado colaboró e instigó a cuanta intervención militar y golpe de estado se perpetuó en el mundo. 
Y en una mirada desde acá y al haber escuchado declaraciones económicas de Trump pareciera ser menos neoliberal que Hillary y mas proteccionista. Es decir, un ultraconservador en lo político y un proteccionista no liberal en lo económico. ¿Era Trump la peor opción? Quizá lo sea para quienes sueñan con emigrar a EEUU. ¿Y para todos los demas? ¿Era la peor opción para el ciudadano norteamericano que busca empleo o para el quee tieene un trabajo mal pago? ¿Era la peor opción un tipo que declara que con el se terminará el intervencionismo norteamericano en el resto del mundo; que dice basta de financiar guerras absurdas con el dinero de los impuestos de los norteamericanos? Tump exige profundizar en las preguntas y salir de la comodidad de progresismo bien pensante.
Para los habitantes del ex cordón industrial norteamericano (Detroit, Michigan, etc.) que vio cerrar amiles de fabricas y convertirse a las ciudades en pueblos fantasmas, obligados a emigrar y sumidos en el desempleo y la marginalidad, Trump represente una esperanza. El hombre prometió ocuparse de manera prioritaria de los ciudadanos norteamericanos. Se verá si está a la altura. ¿Pero no es esa acaso la obligación de todo jefe de estado?

HACIA UN CAMPO POPULAR HORIZONTALIZADO


Saliendo poco a poco de la estupefacción que significó la derrota electoral, el campo popular comienza regenerarse. Enfrente  tiene la novedosa gestión de un gobierno de derecha neoliberal que por primera vez en la historia nacional ha logrado imponerse electoralmente y constituye una alianza de los poderes fácticos que, a pesar de sus internas que comienzan a mostrarse, es un bloque conciso que ha logrado una precaria hegemonía sustentada en la acción de los grandes monopolios mediáticos.
Frente a este experimento, el campo popular ha conseguido avanzar algunos casilleros recién en el último mes de este año, marcándole al gobierno la agenda de la emergencia social, arrancándole subsidios y bonos para los sectores más postergados. Esto fue posible gracias al trabajo conjunto de movimientos políticos y sociales de diferentes marcos ideológicos, sectores progresistas de la iglesia católica y el movimiento obrero organizado representado en la CGT y la CTA.

La movida recibió críticas por izquierda y por derecha, cosa que, se dice, suele suceder cuando se practica el peronismo. Lo cierto que recrudecieron virulentas discusiones hacia el interior del campo popular que muestran a las claras que no hay un liderazgo capaz de unificar el espacio y trazar una única línea estratégica de acción. Pareciera que allí radica una de las mayores debilidades si se piensa en términos electorales. No obstante, vengo a proponer una mirada algo más optimista. La crisis de liderazgo ha llevado a que el campo popular  se viera como lo que es, se volviera transparente en su heterogeneidad. Cruzado por necesidades disímiles, y discursos que van desde el conservadurismo social cristiano hasta las alabanzas a Fidel Castro, pasando por el peronismo en sus múltiples interpretaciones (menos la liberal heredera del menemato que participa de la alianza de gobierno), una de las cuales es el kirchnerismo peronista, la gran mayoría del movimiento sindical, el peronismo nacionalista conservador encarnado en su mayoría por los gobernadores provinciales, el progresismo citadino y gorila heredero de ciertas tradiciones de la izquierda y el socialismo muy parecidos al radicalismo popular, etc. Este panorama variopinto que alguna vez funcionó hegemónicamente bajo el liderazgo de Néstor y Cristina, hoy se muestra horizontal, solidario entre sí aunque falte aceitar engranajes y sanar heridas, no sujeto a un liderazgo unificado, en proceso de discusión. En resumen se horizontalizó. Este proceso quizá permita comenzar a comprender distintos niveles de demandas insatisfechas, diferentes necesidades y subjetividades, y alejarse de un discurso que quizá haya sido demasiado homogéneo e unificado. Resulta lógico que electoralmente el panorama es complicado y falta poco para la elección de medio término, pero visto desde una óptica de construcción, la horizontalidad no sólo parece saludable sino necesaria para el ambicioso objetivo de volver mejores. Las alianzas electorales son armados de coyuntura, lo que aquí se marca respecto de la necesidad de horizontalizar el campo popular apunta a un alcance más largo y profundo del cual deberán necesariamente emerger nuevos dirigentes y liderazgos, pero también nuevos discursos capaces de articular la pluralidad de demandas heterogéneas y hasta contradictorias, para lo cual es preciso salirse de la maniquea lógica de la traición.

lunes, 9 de enero de 2017

LA EXPRESIÓN DE UN PUEBLO



En la Argentina la polarización política se da desde hace más de 60 años entre el liberalismo y el peronismo. El liberalismo ha sido siempre la expresión de las elites, aunque esas elites se hayan ido modificando con el correr de la historia y hayan pasado de la oligarquía agroexportadora que viajaba a Francia con la "vaca atada", al capital financiero trasnacionalizado asociado a los medios de prensa. El peronismo, en cambio, ha sido siempre la expresión de rebeldía de un pueblo ultrajado, explotado, oprimido, humillado, hambreado y ninguneado por las elites liberales y "republicanas" portadoras de un sentido común a tono con los imperialismos dominantes. Cuando el pueblo se siente traicionado, amenazado, estafado, recurre siempre al peronismo como ese refugio último donde se espera una vida más digna, un porvenir. Por eso el peronismo es sobre todo historicidad. Por eso, tambien, los liberales intentan borrar la historia. 
El pueblo estafado durante la década infame encontró en el peronismo su conducto hacia la salvación. El pueblo oprimido durante los 18 años de prohibición y de falsa democracia reencontró en el peronismo la esperanza. Luego de la dictadura y el fracaso alfonsinista, el pueblo volvió a confiar en el peronismo para salir de la crisis (aunque la estafa electoral del salariazo y la revolución productiva fue una traición al pueblo, aun así la esperanza luego de la hiperinflación y la crisis volvió a situarse en el peronismo). Con el desasatre de la Alianza y la caída del gobierno de De la Rua, otra vez el peronismo fue la salida que se opuso a la opción liberal de la dolarización y la bandera tripartita (de Estados Unidos, la ONU y la Argentina. Por si alguno no recuerda, esa posibilidad se barajó en los aciagos días de principios de 2002, y constituía la cumbre del deseo liberal: dolarizar la economía y pasar a ser definitivamente una republiqueta asociada al imperio norteamericano). Desde 2002 hasta 2015 se sucedieron gobiernos peronistas. 
El adversario también juega. Y el peronismo, por su misma naturaleza de mayoría, suele pegarse tambien tiros en los pies. La derrota electoral del 2015 luego de 13 años de gobiernos peronistas, vuelve a situar al liberalismo en el poder. Y como siempre que eso ocurre las mayorías populares son damnificadas con las políticas económicas, les son suprimidos sus derechos individuales y colectivos, vuelven a ser humillados, perseguidos, encarcelados. Por eso el peronismo siempre vuelve, porque es la expresión de un pueblo, de este pueblo. Que cuando está desesperado sabe que hay una posibilidad de que la vida sea un poco mejor, un poco más digna. Que puede haber construciones colectivas y solidarias que se aparten del individualismo egosísta que propone el liberalismo. Que es posible mirar al otro como un compañero al que hay que ayudar y no como un competidor al que hay que vencer.
Por esto, gran parte de la energía liberal está puesta en la desperonización de la vida. Así, los deseos de los formadores de opinión que trabajan para el gobierno liberal, se entusiasman en declarar que el peronismo ya no existe, luego se topan con la realidad cuando descubren que toda la gobernabilidad depende casi exclusivamente del peronismo y su acción parlamentaria y la de los ejecutivos provinciales. El peronismo regresa y regresará siempre que el pueblo se sienta oprimido.

martes, 19 de marzo de 2013

Néstor y Francisco. Escenas de kirchnerismo explícito

Como siempre, mis pocas y fragmentarias ideas se me ocurren hablando con mi amigo Lucas. Esta no fue la excepción. Hablábamos, lógicamente, del nuevo Papa. Y empecé a hilvanar una serie de situaciones que me dejaron ver ciertas similitudes de historias y estilos entre Néstor y Francisco (ahora está de moda el nombre de pila). La dimensión de acontecimiento que tuvieron las llegadas al poder de uno y otro, Néstor a la Presidencia de Argentina, Francisco al papado. Dos situaciones inesperadas para todos menos para los propios personajes que trabajaron una vida en esa dirección del poder. Un acontecimiento es aquello que no se espera y sin embargo constituye un horizonte de futuro. También aquello que no se hace efectivo sino que abre un espacio de posibilidad, un horizonte en la línea del porvenir. Derrida ejemplifica el acontecimiento como un enamoramiento, algo inesperado y profundamente perturbador, justamente, por su condición de impredecible; aquello que no se anuncia y no obstante es algo esperable en la forma de un mesianismo. Pero debemos además aclarar que el hecho de que abra un horizonte en la línea del porvenir no lo sitúa en el plano de la certeza sino en el de la incertidumbre, porque un acontecimiento sólo puede entenderse como posibilidad de un porvenir  y nunca como un hecho histórico. 
Pero la simetría excede lo abrupto de la llegada, de la aparición casi fantasmal de los personajes en el máximo sitial al que aspiraron dentro de las estructuras de poder en las que cada uno ha participado (el peronismo Néstor, la iglesia católica Francisco). La simetría se encuentra también en la forma de construcción política y en los lugares que han ocupado cada uno dentro de las historias respectivas de las construcciones de poder de las que eran parte. Néstor fue parte de la militancia peronista de los 70, digamos de la izquierda peronista, es decir una posición progresista dentro de peronismo sin llegar al extremos de la lucha armada. Ciertamente, Néstor no fue Montonero. Con la derrota política del ala izquierda del movimiento y la llegada de la dictadura, se refugia en el sur y construye dentro del partido justicialista su carrera política. No rompe con la estructura partidaria en los 90, se adapta aunque plantea sus disidencias con el menemismo, y eso no le impide el crecimiento de su poder político. Es decir, se mantiene dentro de las estructuras del partido aún en disidencia con la conducción. Espera su momento.
Vayamos ahora a Francisco. Pertenece a la orden de los jesuitas, espacio que constituye dentro de la estructura clerical un lugar de cierto progresismo. No obstante no se ve conmovido, como muchos de sus compañeros en la orden, por la Teología de la Liberación y el Concilio Vaticano II. Pero la orden de los jesuitas siempre ha planteado diferencias con la estructura jerárquica de la iglesia católica. Francisco siempre ha sido respetuoso de la estructuras de poder del clero y fue construyendo su poder político desde dentro. También, como Néstor, a la espera de su momento.
Vean las imágenes de estos días, donde Francisco rompe el protocolo papal y se acerca a la multitud que lo viva, saluda a un enfermo, hace una declaración de principios llamando a la humildad y la austeridad, invita a la iglesia a volver a caminar, a militar la palabra de Cristo. Y hasta hay una imagen que constituyó para mí una escena de kirchnerismo explicito: Luego de una misa en la catedral de Roma, Francisco nuevamente se mezcla entre la gente, una periodista italiana se acerca y le pregunta algo, Francisco responde sonriente y antes de irse le dice: "Ah, y que gane San Lorenzo", y se aparta riendo pícaro para perderse entre la multitud. Una escena típicamente de Néstor, hasta en lo pícaro de la sonrisa final y el irse rápido, consiente de esa travesura. 
Señores, aunque a algunos los espante, es cierto: tenemos un Papa peronista y como diría Borges, no es ni bueno ni malo, al menos por ahora parece ser un territorio de disputa.
Si el kirchnerismo constituye un estilo, hasta me animo a decir, si me apuran un poco (como le gustaba decir a David Viñas) que hay mucho estilo K en el nuevo Papa.
Nestor y Francisco esperaron su momento, lo construyeron pacientemente dentro de las estructuras de poder en las que cada uno participó, y cuando nadie los esperaba aparecieron en lo más alto para imponer su impronta. Con el olfato de todo gran político, Néstor lo identificó como el jefe espiritual de la oposición, lo vió como el gran político que Francisco es. No tengo dudas que va a ser un Papa militante, que les va disputar las bases populares a los gobiernos de la región.
Habemus adversarius...

sábado, 24 de marzo de 2012

Progresismo e identidades colectivas

Se largó hace tiempo, desde los medios de comunicación, los blogs y ciertos rincones presuntamente pensantes de la clase media, el debate sobre qué significa el progresismo. Detrás de este debate, el tema de fondo parece ser la identidad política de la clase media.

Permitámonos dudar de la categoría de clase media que se usa con total liviandad y que ya poco aporta a la comprensión de la lucha discursiva que se viene desarrollando. Las identidades sociales -y lo que llamamos clase media es una de ellas- suelen ser entidades difusas, difíciles de categorizar con precisión, complejas y cambiantes, sujetas a permanentes reactualizaciones. El campo de la economía no determina por sí solo identidades sociales, mal que les pese a los marxistas más ortodoxos. Estas se construyen a partir de múltiples determinaciones, es decir, están sobredeterminadas y siempre en movimiento, por eso son difusas y plurisignificantes, abiertas y cambiantes, contradictorias.
Ernesto Laclau, en varios de sus escritos, insiste en que una identidad colectiva se forma a partir de la posibilidad efectiva de articulación de  una serie de demandas insatisfechas a través de una cadena equivalencial, de manera tal de poder construir un antagonismo, es decir, de poder establecer un cierre, un afuera, un otro ontológico que aparece como el responsable de la insatisfacción de todas las demandas que forman la cadena equivalencial. Se forma entonces una totalidad parcial -valga el oxímoron-, una vez que se ha establecido este antagonismo radical, que es condición para que exista una identidad colectiva.
Una demanda aislada y particular de cierto sector social (por ejemplo la lucha por el traslado de la pastera Botnia que desarrollan los asambleístas de Gualeguaychú), es una demanda democrática totalmente legítima pero que ha sido incapaz de sumarse a una cadena de demandas amplia, de distinta naturaleza y de diferentes reivindicaciones. Por tanto sigue aislada, no construye identidad popular. En cambio, cuando las demandas son capaces de articularse en una cadena equivalencial, es decir, son una pluralidad de demandas que han tomado la forma de una lucha hegemónica, que han logrado establecer un cierre, un afuera, y han sido capaces de articularse en un discurso que las contiene a todas, pero además se ha logrado privilegiar a una de ellas como la portadora de sentido, se ha creado una identidad popular (por ejemplo, el discurso de Derechos Humanos que lleva adelante el Gobierno).
El debate sobre el progresismo al que refiere esta nota tiene, a mi juicio,  mucho que ver con estas lógicas de formaciones discursivas.

Progresismo, democracia y dictadura
Cuando Jorge Lanata dice "me tienen harto con la dictadura", no está comprendiendo que "la dictadura" es hoy mucho más que la sangrienta situación histórica que vivimos los argentinos entre el 76 y el 83 y todas sus consecuencias. Hoy la dictadura es el otro ontológico a través del cual se define antagónicamente nuestra democracia actual. Si nuestra democracia hay algo que no quiere ser, eso es la dictadura. La dictadura amenaza nuestra democracia, la niega, y por eso podemos sentir y comprender la identidad democrática, porque hay algo que no es la democracia. El significante democracia se ha llenado y contiene una pluralidad de demandas equivalentes que cobran sentido a partir de una cierta articulación y se amalgaman bajo el concepto de Derechos Humanos. Se ha transformado en una identidad popular en contraposición a la dictadura, a través de la idea articulatoria de los Derechos Humanos. Este clivaje, que sólo había sido esbozado durante los dos primeros años de gobierno alfonsinista toma, a partir del 2003, una vitalidad inesperada. El aislamiento que sufren hoy los comunicadores que se autodefinen como progresistas, otrora estrellas de la lucha contra el menemismo (Lanata, Magdalena, Tenembaum), y que los desespera, tiene que ver con que las demandas de las que eran portadores durante la era menemista y que habían logrado articularse en su forma popular, a partir del cambio que ha operado en la sociedad post 2001 comenzaron a satisfacerse.
Durante el menemismo, el otro ontológico, el afuera, era el menemismo. El progresismo se definía por lo que no quería ser, ser progresista era no ser menemista, pero también era no ser político, no ser el estado, no ser el oficialismo. Este corte antagónico permitía que una serie de demandas muy disímiles que iban desde la lucha por el empleo, la lucha contra la corrupción, la lucha por los Derechos Humanos, hasta la crítica a la estética formal del entonces Presidente Menem, formaran la cadena de equivalencia y se forjara una identidad popular. Se emocionaron con la Alianza, se desencantaron luego, sobrevino el 19 y 20 y se cristalizó la cadena de equivalencia en la demanda madre del QUE SE VAYAN TODOS. De un lado quedaba la sociedad y del otro los políticos, el gobierno y el estado, que eran los causantes de las demandas insatisfechas del la sociedad. Pero como toda identidad se define relacionalmente por lo que no es, no bien el otro ontológico cambia no puede más que modificarse la propia identidad antagónica. Lo que le sucede hoy cierta parte del progresismo tiene que ver con esto, con la incapacidad de comprender que la lógica del antagonismo ha cambiado, por tanto la identidad popular forjada durante el fin del menemismo ya no existe, se ha diluido, ha mutado. Parecieran encontrarse anclados en la lógica de los 90.
Todo lo que constituía una identidad popular durante los 90, es decir, las demandas que se articulaban en la cadena equivalencial, comienzan a partir de 2003 a dejar de estar insatisfechas. La cadena equivalencial de demandas se desarma, por tanto, la identidad se derrumba y más aún si se lleva a cabo la satisfacción de algunas de esas demandas desde el espacio que era reconocido como el otro ontológico antagónico: el estado, el gobierno, los políticos y, en este caso también, el peronismo, otro cuco del pensamiento progresista.
La antigua identidad popular entra en crisis y con ella sus principales difusores mediáticos.
Este sencillo ejemplo muestra lo difusas que suelen ser las identidades colectivas y lo sujetas que están a la contingencia. Es por esto que la categoría de clase media no nos sirve para pensar el problema del progresismo. Desde la óptica que aquí se plantea, la clase media como colectivo estaría formada por una serie de demandas aisladas sujetas a la contingencia, por momentos algunas de esas demandas pueden formar parte de una cadena de equivalencias, de hecho eso es lo que pasa hoy con los sectores medios que apoyan al gobierno y que se identifican en dos clivajes: a) democracia vs dictadura;  y b) desarrollismo vs neoliberalismo. El problema que tiene hoy el sector de la clase media que no es afín al gobierno, es que no puede situar sus demandas en otra cadena equivalencial antagónica al gobierno, porque ninguna oferta le permite pensar que ellas van a ser satisfechas. Es decir, no hay un significante capaz de amalgamar. Una tentación fue el concepto de EL CAMPO, que al menos momentáneamente logró articular demandas disímiles en una lógica de construcción de identidad claramente populista pero de signo conservador y tradicionalista. El límite que sufrió esta construcción de cadena de equivalencias es que la clase media urbana, es decir aquella que tiene mayor visibilidad, es justamente urbana, y el accionar concreto de lo que se llamó EL CAMPO, cobró un fuerte contenido antiurbano a partir del lock out patronal que generó desabastecimiento en las ciudades. No se logró una articulación duradera y el intento se desvaneció.

Cuál es la ideología del progresismo…

El problema quizá sea pensar que el progresismo tiene alguna forma de ideología. El progresismo no la tiene en absoluto. Puede ir hacia la derecha o hacia la izquierda según el contexto en el que opere. El progresismo se emparenta más bien con la idea de moderación, de cierto equilibrio, es claramente una expresión política que tiende siempre al centro. Es erróneo caracterizarla como una izquierda democrática. Es más bien un concepto que debe ser permanentemente llenado a partir del análisis contextual. Por esta razón no es lo mismo el progresismo durante los 90 que en la actualidad. Porque, en tanto identidad colectiva articulada en un discurso que se define siempre por negatividad, el progresismo también es un concepto difuso, siempre en formación. Por tanto las demandas que articularían su cadena de equivalencias serán distintas en cada contexto. Veamos algún ejemplo:
El progresismo en los 90 abarcaba, entre otras, las siguientes demandas: trabajo, salud, educación, intervención estatal, transparencia, respeto a las minorías, justicia independiente, salarios dignos, juicio y castigo a los genocidas, soberanía, independencia, cuidado del medio ambiente, etc. Esta pluralidad de demandas se amalgama detrás del la idea de transparencia, en contraposición a corrupción. El significante corrupción encerraba a su vez, lógicamente al gobierno, al estado, a los políticos, a los partidos, a los sindicatos, y hasta al mercado. Los garantes de la transparencia fueron entonces los periodistas que expresaban y difundían las demandas progresistas (Lanata, Tenembaum, Magdalena, etc.). Sólo esa cadena equivalencial, en ese contexto específico, definida en antagonismo con todo lo que expresaba el menemismo, pudo amalgamarse detrás de la idea de transparencia y constituirse como una expresión de centro izquierda.
A partir de 2003, la mayoría de esas demandas fueron paulatinamente abordadas por el gobierno a través de la gestión del estado, situación que se acelera a partir de 2007 y que puede enumerarse repasando las siguientes medidas: nombramiento de una Corte Suprema independiente, generación de empleo, negociación exitosa de la deuda externa en default, reapertura de discusiones salariales, juicio y castigo a los genocidas, Ley de Educación Superior, Ley de servicios de Comunicación Audiovisual, Asignación Universal por Hijo, Ley de Matrimonio Igualitario, entre las más importantes.
De manera que el antagonismo transparencia / corrupción ya no define identidades. Y es en esta anacrónica lógica en la que se siguen manejando los periodistas como Lanata, Magdalena, Tenembaum, que son los portadores de cierta mirada progresista.
                                              

Ser progres hoy

Sería a su vez pertinente la pregunta sobre qué es ser progresista hoy. Nos animamos a acercar una respuesta: lo logrado desde 2003 a la fecha en materia de derechos sociales es el piso. Por tanto, ser progresista hoy sería reconocer los avances del gobierno e intentar solidificar las conquistas logradas, pero apuntando a una profundización y abordaje de aquellas cuestiones aún pendientes. En términos de demandas situaríamos la ampliación de derechos y ciudadanía de los pueblos originarios, el avance hacia las destrucción de las estructuras monopólicas, el mejoramiento de la calidad del empleo, la profundización de la distribución de la riqueza, la apertura a nuevas voces en el espectro mediático, el avance sobre el cuidado del medio ambiente, la reconstrucción de la red ferroviaria, el freno al avance de la frontera agropecuaria, la aceleración de los plazos de la justicia en las causas por crímenes de lesa humanidad, la apertura a un nuevo modelo sindical que permita desarmar las enquistadas estructuras burocráticas, por citar algunos ejemplos.
Existe una idea errónea de que es el gobierno el mayor factor de poder, por tanto, el progresismo con su impronta liberal implicaría siempre una alternativa de limitar al poder. El problema surge cuando el poder que hay que limitar no es el del gobierno y la gestión del estado sino el de las corporaciones. Límite que sólo puede lograrse a partir de una articulación de acciones del estado con la sociedad civil.
Participamos de la idea de que hay poderes en pugna por la hegemonía y que la impronta liberal de cierto progresismo le impide hacer una lectura del antagonismo existente en la coyuntura actual.
En general se piensa que lo difuso de las formaciones discursivas que se articulan en un discurso político suele ser un problema. Preferimos pensar que esa riqueza y contingencia es lo que hace posible cualquier operación política exitosa, o sea, la única forma plausible de acercarse a lo real que no puede ser representable. Comprender esto es estar abierto a la contradicción, es decir a que en una cadena equivalencial pueda haber demandas contradictorias y no obstante formar parte de una totalidad parcial, de una identidad colectiva, de un pueblo. Sólo las lecturas que entienden la posibilidad de lo social como algo totalmente transparente, pueden confundir el polo en que deben situarse en la lucha por la hegemonía, o sostener la credulidad de aparecer como imparciales. Si no hay contradicción hay esencialismo o teleología, en el peor de los casos fundamentalismo y muchas veces pura ingenuidad.

lunes, 18 de julio de 2011

El elogio de la estupidez

En lo más remoto de la ideología que sostenía a la Alemania Nazi había un desprecio profundo por la inteligencia.  Tanto desde las interpretaciones torpemente directas que los nazis hacían del elogio de la crueldad Nietzscheana como desde la lectura que de Nietzsche hizo Heidegger y que es una de las más difundidas, la inteligencia era la virtud/vicio atribuida a los judíos, mientras que la simpleza de mente y espíritu del rústico campesinado alemán constituían la normalidad deseada por el régimen. Más vale no ser muy inteligente para ser apto para la “felicidad” nacionalsocialista. Ya lo dijimos, la inteligencia era cosa de los judíos que se valían de ella para tejer en las sombras la dominación mundial, la sospecha se cernía sobre el pensamiento en un mundo dominado por el imperio del cuerpo.
Cuando leemos en el diario La Nación un artículo firmado por el hijo de León Rozitchner, -cuyo talento para escribir y pensar respecto del de su padre tiene la misma diferencia que el de Maradona y Dalma para jugar fútbol-, en donde se expresa que el 47 % de los votos que sacó Macri en la elección porteña es un triunfo de “la gente normal”, no podemos dejar de pensar en que se hace, nuevamente, un elogio de la estupidez. La normalidad de la gente a quién la política no le interesa, de la gente que compra el vaciamiento de las ideologías por la falsa idea de la gestión despolitizada. Esa normalidad predicada por los medios dominantes que trata de poner a la política siempre en el lugar de lo corrupto, es hacer un elogio de la estupidez, es como decirle en la cara al votante de Macri: “está bien que no pienses, no vale la pena. La política es una mierda, por eso nosotros no somos políticos. No hacemos política, no somos ni de derecha ni de izquierda, sólo queremos ser felices como vos, agitar globos, bailar torpemente, comprar cosas, festejar. Los que piensan son aburridos, nosotros somos divertidos. Los que critican se quedaron en el pasado, nosotros somos el futuro. Juntos venimos bien, sin pensar venimos bien… Sigamos así, con la simpleza de las palabras, sin la capacidad de articular conceptualmente ideas. Sólo bailando aturdidos en la tontera de un slogan.” Esto es un elogio a la estupidez y en el fondo esconde el desprecio por el pensamiento. Como creían los nazis.
El discurso del PRO va camino de transformarse en un decálogo de autoayuda. Se apela al “sé feliz”, al combustible espiritual que vende Ari Paluch –ese hermano no reconocido de Alejandro Rozitchner. ¿No vieron que parecido que son? Aunque sería demasiado para el pobre León cargar con dos hijos bobos-. No sólo no hay ideas políticas  en el discurso PRO, casi no hay ideas, más bien se mueve en la apelación al pasotismo, a la estructura del deseo que empuja el consumo compulsivo, a la ilusión de un mundo totalmente transparente donde la gestión del sentido común se impone como ley única. Otra vez, se hace un elogio de la estupidez en un giro clásico hacia un populismo de derecha, en el cual las prioridades de las políticas de estado se establecen a partir de las quejas de las señoras gordas frente al mostrador de la panadería.  Estamos hartos de la política” parece expresar el rústico rostro de Rodríguez Larreta con expresión bobalicona y siempre al borde de babearse. “Es la política la que no nos deja hacer”, se puede leer en la cara falsamente calma de María Vidal (debemos reconocer que Gabriela Michetti es demasiado para una estructura mental PRO, la elección de Vidal es mucho más coherente con el nuevo estilo pasota. Piensa demasiado Michetti, aunque piense mal, pero algo es algo.)


La lucha será quizá siempre la misma: el pensamiento y la acción política contra la pereza mental y el “no te metás”. ¿Moderación y tontera son las nuevas virtudes ciudadanas? ¿Quizá la síntesis sea el rostro del rabino Bergman?

martes, 1 de febrero de 2011

Mueve la Dama



A un poco más de ocho meses -y vuelvo a reiterar la idea de llamar a elecciones el 30 de octubre, luego de un 27 a plaza llena en aniversario de la despedida del gran Néstor- la pregunta que se plantea hoy es qué candidato opositor es capaz de superar el 20 %. Si nada raro ocurriese entre los boinas blancas y si el partido no hubiera dado ya sobradas muestras de ineptitud, se tendría que perfilar la fórmula de Alfonsín con Binner, a la que auguro unos guarismos de entre 25 y 30 en la primera vuelta del -hipotético, deseado por mí, 30 de octubre. Por el lado del Peronismo Federal y la posible alianza (que vocablo difícil en la política argentina) con Mauri, la cuestión es quién será el Cobos de esa fórmula aún verde. Sea quién sea, nuestra computadora arroja guarismos que oscilan entre el 22 y 25%. Pino, decidido a rifar al sorpresivo caudal de votos de la capital, se perfila a hacer la gran "Luis Zamora". Quien junto a la alocada performance de Carrió deber haber sido el desperdicio de votos más grande de nuestra joven y dinámica democracia.
El FPV tiene problema en Córdoba y de a poco se ordena Santa Fe, si bien quizá no para ganarla, si para pelear cabeza a cabeza. Otro tanto ocurre en la capital y La Provincia aparece amurallada por el Dani (y el poder del Goberbador da cuenta de los problemas del kirchnerismo) a quien se le desea colocar un tutor en la vicegobernación para tratar de evitar las naturales desviaciones de derecha a la que nos tiene acostumbrados. Después, San Juan: cocinada. Salta, con el veleta de Urtubey ya resignado a encuadrarse, viene livianita. Tucumán, caminando. San Luis, se sabe, es otro país. Mendoza, el gran batacazo. Santa Cruz, bué... Chaco está "Capitaneado". La pampa, siempre transa el abuelito Marín. Después un par de cositas, aquí y allá, nada raro. 
Que el río no está tan revuelto, pero la política como el ajedrez es un juego complicado. El tablero se ordenará cuando mueva la dama, creemos, camino a una reelección histórica. 

sábado, 15 de enero de 2011

Estigmas del Bicentenario



La reproducción irresponsable de un discurso racista y xenófobo llevada adelante por el Gobierno de Mauricio Macri a propósito de la toma de tierras en la zona de Villa Lugano y Villa Soldati, deja al descubierto, una vez más, la raíz histórica y el arraigo profundo que la xenofobia tiene en nuestro país. En esta nota recorreremos históricamente una serie de operaciones discursivas vinculadas con acciones estatales que, a través de diferentes estigmatizaciones, intentaron construir al “otro” como un elemento no humano. 


El recorrido histórico que ha propuesto el Bicentenario nos permite echar luz sobre los diversos modos en que se han construido alteridades con la complicidad estatal a los fines de estigmatizar a diferentes grupos sociales a lo largo de nuestra historia nacional.
Ya desde los primeros tiempos de organización nacional, la ilustrada, liberal y romántica generación del 37´ (Sarmiento, Alberdi, Echeverría, entre otros,), ven en los gauchos y los indios los enemigos, el “otro”, los que impedían el progreso de la Nación. A partir del axioma sarmientino “Civilización y barbarie”, resultó posible deslindar sobre estos grupos sociales la responsabilidad del supuesto atraso de la Argentina. Decía Alberdi: “Todo lo que no es europeo es bárbaro en América”. Y más adelante, ya en 1861, Sarmiento: "Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden. Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de masas" (Carta de Domingo F. Sarmiento a Bartolomé Mitre, 24 de septiembre de 1861). Para 1875 sarmiento se encarnizaba contra los indios: "¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado" (Domingo F. Sarmiento, Diario El Nacional, 25 de noviembre de 1876).

Hacia 1872 aparece el Martín Fierro de José Hernández, poema telúrico que se escribe en el habla popular del gaucho y que comienza a circular oralmente en las pulperías de la provincia de Buenos Aires entre los paisanos y payadores que lo recitaban de memoria. Acontece una revalorización del gaucho en virtud de que éste ya no constituye un problema social. El triunfo de la “civilización” se hizo patente y no hay vuelta atrás, ahora el gaucho puede ser aceptado por las clases dominantes siempre que deje de lado su carácter rebelde y se vuelva dócil y trabajador, es decir, se adapte a la nueva estructura social y económica, proletarizándose. Ya a partir de 1880 comienza a darse una nueva lectura que reivindica los valores de nobleza del gaucho siempre que éste se adapte a los nuevos requerimientos del “proyecto nacional” del momento. Ya en principios del siglo XX y luego de la gran oleada inmigratoria, el rescate del gaucho como arquetipo de la argentinidad y a su vez la exaltación del campo como reservorio de virtudes morales en contraposición a la urbanidad corrupta, aparece de la mano de los intelectuales del nacionalismo cultural. Ricardo Rojas, Joaquín V. González y posteriormente Leopoldo Lugones.

Los inmigrantes y los judíos 

Desde 1875, hacia fines del siglo XIX y durante los primeros años del siglo XX, con el estado en funcionamiento y luego de la sangrienta matanza de indios llevada adelante por Julio A. Roca, el país vive una nueva realidad social, la llegada masiva de inmigrantes italianos y españoles. Para los gentelman de la generación del 80´ (Miguel Cané, Antonio Argerich, José María Ramos Mejía, entre otros) los inmigrantes constituyen un problema y comienzan a ser estigmatizados. Demás está decir que los inmigrantes conformaban el elemento popular, las masas trabajadoras que comenzaban a sindicalizarse. Así como en los tiempos de Sarmiento la estigmatización del indio y el gaucho respondía a necesidades económicas y políticas, en los primeros años del siglo XX el rescate de lo gauchesco apunta a la afirmación de la nacionalidad frente al problema de la inmigración; el inmigrante es ahora el estigmatizado y el gaucho encarna lo verdaderamente argentino. En esta operación discursiva que se da desde el estado hay que tener en cuenta la aparición de las luchas anarquistas que acompañan la corriente inmigratoria.

Esta estigmatización xenofóbica se lleva adelante a partir de las teorías del darwinismo social, el naturalismo como elección estética, la psicología de las masas. Lo cierto es que nos encontramos en una ciudad cosmopolita y vertiginosa que, si antes era la encarnación de lo civilizado frente al desierto bárbaro, poco a poco va perdiendo su valor positivo para transformarse en una cloaca plagada de inmigrantes italianos, ignorantes, olorosos, advenedizos y corruptos. Así hablaban Cané, Ramos Mejía, Cambaceres, Argerich, de nuestros abuelos. Hay también nuevas fuentes de legitimidad, la ciencia, la medicina, la psicología, la criminología, de las que los gentleman van a valerse para sus escritos. Pero existe también un personaje oculto, que no es pobre sino rico, que no llega de a montones ni grita por las calles, sino que se mueve en las sombras, es discreto, vil y se codea con los poderosos, es… El judío. El personaje antipático nuevo, el que nos enseña Martel en La Bolsa (1891), es quién se apropia del dinero ajeno sin trabajar, es el especulador, el prestamista. En Martel hay también una utilización de la ciudad como personaje, la ciudad es un lugar incómodo que genera, o mejor degenera, en un anonimato abstracto que permite el crimen. Estas primeras impugnaciones a la ciudad cosmopolita irán perfilando lo que será el rescate del campo y el gaucho por los nacionalistas culturales. La estigmatización del inmigrante obrero, anarquista, socialista o comunista, tiene su consumación en los hechos de la Semana Trágica cuando se fusila a cientos de obreros en la Patagonia y en las sanciones de las leyes de residencia y defensa social y en la violenta represión a los obreros metalúrgicos del establecimiento Vasena. Asimismo, la estigmatización del judío que se inicia en Argentina con la novela de Julián Martel antes citada, se consuma en la persecución que sufren los judíos por parte de la organización paramilitar de ultraderecha llama Liga Patriótica durante los años 1918 y 1919.

Los negros peronistas 

Hacia mediados de de la década del 40´, con el advenimiento del peronismo, millones de migrantes internos se trasladan desde las provincias hacia las ciudades debido al desarrollo industrial. Se los bautiza con el nombre peyorativo de “cabecitas negras”, se configura una nueva alteridad, un nuevo “otro” que con el tiempo será estigmatizado. El “negro peronista”, será entonces el nuevo enemigo elegido por las elites para eliminar. Cosa que sucede en el bombardeo asesino de la Plaza de mayo de 1955 y se continúa con la prohibición del peronismo durante 18 años. El 17 de octubre de 1945 miles de obreros se dirigen a la Plaza de Mayo a pedir la liberación de Perón. Una vez en libertad, Perón habla desde la Casa Rosada. Anuncia su retiro del Ejército y su lanzamiento a la acción política. Semanas más tarde, después de su casamiento con Eva Duarte, se dedica a la creación del Partido Laborista. Esta agrupación y la disidencia radical, llamada UCR junta Reorganizadora, apoyarán su candidatura presidencial. Este hecho marcará el inicio de una nueva Argentina en la que ya no se podrá tomar decisiones trascendentales sin la participación de los sectores obreros. A la vez se da comienzo a un proceso de inclusión social sin precedentes en términos de distribución del ingreso y de derechos de ciudadanía. Si el peronismo tuvo algo revolucionario, y creemos que lo tuvo, fue en términos culturales. Removió definitivamente las características culturales de la Argentina. El proceso de sindicalización que se había ido desarrollando en el país encontraba ahora un vehículo de acción, la vinculación con el Estado peronista.

Hay una reacción, lógicamente, de los sectores oligárquicos y de sus escritores, nucleados alrededor de la revista Sur que conducía y financiaba Victoria Ocampo. En esa línea se inscriben Borges y Bioy Casares. Combaten abiertamente al peronismo por intereses de clase y lo hacen apelado a recursos literarios específicos, a continuidades históricas ¿Qué podían conocer Borges, Bioy o Cortázar, de aquellos muchachos obreros de los frigoríficos, de los talleres mecánicos, de piel oscura, que vestían extravagantemente según el gusto culto de la época y que se lavaron las patas en las fuentes de la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945? Borges y Bioy, odiaron. Y su lectura del peronismo esconde un profundo racismo. Veamos la tristemente célebre ironía de Borges: “los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles” Es decir que están determinados. ¿Pero determinados por qué? ¿Por ser peronistas? No. Por ser negros, cabecitas, incultos, grasas, pobres. Por eso están determinados. Existe, para esta lectura aristocratizante, una cuestión genética que determina que algunos tengan privilegios y otros no. Existen entonces ricos y pobres, cultos e incultos, blancos y negros porque Dios así lo quiere y eso es inmodificable, es entendido y difundido como una ley natural. Ya sabemos que para Borges “la democracia es un vicio de la estadística”. Perón es Rosas en la imaginación de Borges y él, lógico, es Sarmiento.

El peronismo, con su costado humanista, su creencia en la justicia social y en el derecho a la mejora de las condiciones de vida de las clases populares, vino a subvertir el orden “natural” de las cosas. Por eso el odio al peronismo y a los peronistas. Porque según la lectura racista ese orden es inmodificable, equivale a desafiar a Dios. Por eso también los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en el 55´ asesinando a 300 personas inocentes llevaban la leyenda Cristo Vence.

Los delincuentes subversivos 

Entre mediados de la década del 60´y los principios de la década del 70´ comienza un llamativo proceso que consiste, en una primera etapa, en la estigmatización de los jóvenes y luego se continúa hacia los jóvenes politizados con ideas de izquierda o peronistas. Muchos de estos jóvenes se habían volcado al hipismo y muchos otros, a la luz de la revolución cubana, se acercan a la política y no descartan la lucha armada como forma de lograr el cambio social. Desde las estructuras estatales, el nuevo sujeto problemático va a ser estigmatizado bajo el nombre de “delincuente subversivo” o “delincuente marxista”. La persecución y el exterminio de este grupo estigmatizado nos dejo el saldo de 30.000 desaparecidos.

“Los desaparecido no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos” (tristemente célebre frase pronunciada por Jorge Rafael Videla).Como hemos señalado, parece, por su estructura y excesivo cinismo, una frase dictada por Borges. Si la muerte es el fin y la liberación última del individuo frente a las alternativas institucionales del poder que lo atraviesan en forma permanente, la condición de desaparecido, tal como la expresa brutalmente Videla, es sólo posible para marcar que sobre esos sujetos aún se ejerce el poder represivo del estado, a la vez que significa el vaciamiento total de la ciudadanía. No sólo no tienen derecho a vivir, ni siquiera tienen derecho a morir. Lo novedoso de estas prácticas de exterminio, lo que las distingue de los pedidos de Sarmiento de “exterminar a los indios, incluso a los pequeños que tienen ya el odio instintivo al hombre civilizado”, es que se trabajará de manera sistemática, burocratizando la muerte y la tortura y distribuyendo las responsabilidades por medio de la división del trabajo y la rutinización de las tareas represivas. Lo que se expresa durante la dictadura es una entrecruzamiento, yuxtaposición y mezcla de los imaginarios construidos históricamente con objeto de establecer una clausura en términos de ciudadanía hacia todo aquello que aparece como diferente. Bajo el rótulo difuso de “delincuente subversivo” se engloba una pluralidad de identidades a las que se vacía de su carga política. El hecho de que sean llamados delincuentes los sitúa por fuera de la legalidad y por ende por fuera de la política. La lucha no se dará en una discusión discursiva con el adversario político, sino que se postula un enfrentamiento con un enemigo al que hay que exterminar para sanear al país. Las acciones se postulan en términos de limpieza y purificación, de salvación casi religiosa. Se utiliza prácticamente todo lo visto hasta el momento en esta nota: el discurso higienista y médico, la apelación a lo patriótico frente a lo extranjero, de lo católico frente a lo ateo, de la civilización frente a la barbarie, de la culto frente a lo inculto. En la medida en que se establece una clausura, de que algo puede y debe ser privado de ciudadanía, es que comienza el camino radical hacia el totalitarismo.

Los bolivianos, los peruanos y los paraguayos. “Una inmigración descontrolada”. 
A partir de la toma de tierras en Villa Soldati y Villa Lugano, a través del discurso del Jefe de Gobierno porteño, se puso de manifiesto una idea que recorre desde hace años el sustrato profundo de parte de nuestra sociedad: la estigmatización de los inmigrantes de países limítrofes. La arbitraria vinculación que Macri hizo entre los inmigrantes, la delincuencia y el narcotráfico, apuntó directamente a la exaltación de la xenofobia y el racismo, y a legitimar la privación de derechos de ciudadanía a los sectores menos favorecidos de nuestra sociedad, ya sea que se trate de argentinos, bolivianos, paraguayos, peruanos o de cualquier otra nacionalidad. Desde la responsabilidad que implica ejercer cargos públicos ejecutivos, no puede de ninguna manera fomentarse el odio y la estigmatización hacia ningún grupo social.

Como puede verse, el elemento popular siempre ha significado un problema para las elites dominantes, hasta el punto de propugnar su eliminación física. La “solución final”, es lo que se esconde en el corazón profundo de todo racismo. Por eso, cuando empieza a realizarse una estigmatización hacia cualquier grupo social por parte de los encargados de gestionar el estado, debemos condenarla y ponernos en guardia frente a tamaña inhumanidad.