martes, 14 de marzo de 2017

LA FIESTA Y LA MUERTE

“No se trata de volver a animalidad perdida, sino de recuperar para lo humano la animalidad negada”. 
Georges Bataille



Se me vuelve ineludible hablar de los hechos de Olavarría. Para hacerlo con cierta honestidad, hay que repasar el contexto de gestación del fenómeno “ricotero”. Su pasaje del under a la masividad, que se produce cuando en amplios sectores de la sociedad, sobre todo jóvenes, ocurre un desencantamiento. Es el momento en que la democracia alfonsinista que había entusiasmado muestra sus límites y sobreviene el desencanto y luego, para enormes masas de jóvenes, el vacío existencial de los años 90. Todo sentimiento de pertenencia a una comunidad había sido devastado. El auge del individualismo y la frivolidad invadió la vida social en su conjunto (situación que hoy aparece como una remake refinada, elaborada por los discursos del marketing y la autoayuda. La tragedia y la farsa). Hasta esa difusa identidad en la que el pueblo argentino suele buscar refugio y esperanza cuando se siente explotado y oprimido, que es el peronismo, había sido traicionado y mancillado. Sobre ese suelo infértil de ideologías es que se masifican los conciertos de Los Redonditos de Ricota. El mítico concierto en el estadio de Huracán en 1994 ya muestra un ritual propio como una reconstrucción hecha de las esquirlas de las identidades dispersas que iba dejando el vendaval neoliberal.
Si algo caracteriza en términos culturales al neoliberalismo es el afán de suprimir la historia, borrando así cualquier arraigo identitario y promoviendo un desencantamiento del mundo que busca arrasar con todo lo mítico. Es por eso que siempre se presenta con ropa de futuro, como la cara siempre modernizante e inevitable de la subjetividad occidental. En medio de ese desastre económico y cultural que fue la década del 90, se fue construyendo un espacio de resistencia mítica, una fiesta de la trasgresión y la libertad, que permitía una identificación y una participación que en otras instancias sociales estaban vedadas y a la vez, como toda verdadera fiesta sagrada, invertía los roles sociales establecidos y generaba una continuidad de los cuerpos en comunión en lo que se daría luego en llamar “el pogo más grande del mundo”. Suerte de supervivencia de antiguos aquellarres, los conciertos de “Los Redondos” se vuelven cada vez más un acto religioso, un mundo sagrado que era a la vez negación de ese mundo hostil y profano que fuera del rito dominaba todos los espacios sociales. Pero, se sabe, el mundo sagrado también está determinado por lo que niega. La violencia, lógicamente, no puede dejar de formar parte central en la fiesta religiosa, ella le da su carácter majestuoso y sacrificial. Las grandes peregrinaciones hacia los conciertos, las largas y ásperas esperas, se transforman en partes sustanciales de la ritualidad, forman parte del sacrificio y la flagelación. Toda fiesta es la negación de los límites de una vida ordenada por el trabajo y el sacrificio es el acto religioso por excelencia. Momentos pletóricos en los cuales se supera el temor a la muerte. Es decir, la muerte, el sacrificio, se hace presente siempre en los actos sagrados, ya que constituye el límite máximo. Todo momento de voluptuosidad es evocador y desafiante de la muerte.
¿Puede sorprender que en la era de la virtualidad una multitud busque desesperadamente vivir una experiencia real del ser? En un mundo desencantado la necesidad de un reencantamiento se vuelve violenta. No sorprende tampoco el hecho de los contextos sociales en los cuales se produjeron las muertes en los conciertos de la banda. Fueron en momentos en que el estado gerenciado por tecnócratas busca eliminar toda subjetividad que se oponga a los designios culturales del capitalismo financiero global. 1991, Walter Bulacio (golpeado salvajemente en la comisaría 34°); 1998, Javier Lencina (cae de un vagón de tren en viaje a ver un concierto en Córdoba); 1999, Jorge Ríos (heridas de arma blanca durante un concierto en River Plate); 2001, Jorge Felipe (cae desde la platea en el estadio olímpico de Córdoba). Las fiestas ricoteras se caracterizan en esos años por una violencia exacerbada y un animosidad creciente contra las fuerzas policiales. Llamativamente, cuando opera un cambio de contexto político, cultural y social las muertes cesan hasta los incidentes de Olavaria, cuyo contexto vuelve a ser de profunda crisis y deterioro social (quizá sea sólo un coincidencia, quizá no y pueda profundizarse en esta línea de análisis).
Mas allá de las personas y las personalidades, en este caso El Indio, quien con su poesía efectiva ha contribuido a que varias generaciones encuentren palabras y conceptos propios para metaforizar los que les pasa, lo que me interesa especialmente destacar es la forma en que se manifiestan las necesidades humanas de la trasgresión y la experiencia sagrada en contextos donde se intentan suprimir las identidades colectivas y eliminar la historia que las constituyen, buscando reemplazarlas por meros slóganes pulicitarios, apelaciones inciertas a falsos futuros venturosos y respeto irrestricto a las normas impuestas por el sistema.
No debe olvidarse tampoco que una fiesta, en el sentido que aquí le vengo dando al término, es siempre una manifestación popular y por tanto aparece amenazante para el orden establecido ya que lo subvierte y se burla del mismo.
Eran los recitales del Indio unos de los pocos espacios culturales y sociales que aún no habían sido domesticados. De ahora en más, se verá.