sábado, 15 de enero de 2011

Estigmas del Bicentenario



La reproducción irresponsable de un discurso racista y xenófobo llevada adelante por el Gobierno de Mauricio Macri a propósito de la toma de tierras en la zona de Villa Lugano y Villa Soldati, deja al descubierto, una vez más, la raíz histórica y el arraigo profundo que la xenofobia tiene en nuestro país. En esta nota recorreremos históricamente una serie de operaciones discursivas vinculadas con acciones estatales que, a través de diferentes estigmatizaciones, intentaron construir al “otro” como un elemento no humano. 


El recorrido histórico que ha propuesto el Bicentenario nos permite echar luz sobre los diversos modos en que se han construido alteridades con la complicidad estatal a los fines de estigmatizar a diferentes grupos sociales a lo largo de nuestra historia nacional.
Ya desde los primeros tiempos de organización nacional, la ilustrada, liberal y romántica generación del 37´ (Sarmiento, Alberdi, Echeverría, entre otros,), ven en los gauchos y los indios los enemigos, el “otro”, los que impedían el progreso de la Nación. A partir del axioma sarmientino “Civilización y barbarie”, resultó posible deslindar sobre estos grupos sociales la responsabilidad del supuesto atraso de la Argentina. Decía Alberdi: “Todo lo que no es europeo es bárbaro en América”. Y más adelante, ya en 1861, Sarmiento: "Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden. Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de masas" (Carta de Domingo F. Sarmiento a Bartolomé Mitre, 24 de septiembre de 1861). Para 1875 sarmiento se encarnizaba contra los indios: "¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado" (Domingo F. Sarmiento, Diario El Nacional, 25 de noviembre de 1876).

Hacia 1872 aparece el Martín Fierro de José Hernández, poema telúrico que se escribe en el habla popular del gaucho y que comienza a circular oralmente en las pulperías de la provincia de Buenos Aires entre los paisanos y payadores que lo recitaban de memoria. Acontece una revalorización del gaucho en virtud de que éste ya no constituye un problema social. El triunfo de la “civilización” se hizo patente y no hay vuelta atrás, ahora el gaucho puede ser aceptado por las clases dominantes siempre que deje de lado su carácter rebelde y se vuelva dócil y trabajador, es decir, se adapte a la nueva estructura social y económica, proletarizándose. Ya a partir de 1880 comienza a darse una nueva lectura que reivindica los valores de nobleza del gaucho siempre que éste se adapte a los nuevos requerimientos del “proyecto nacional” del momento. Ya en principios del siglo XX y luego de la gran oleada inmigratoria, el rescate del gaucho como arquetipo de la argentinidad y a su vez la exaltación del campo como reservorio de virtudes morales en contraposición a la urbanidad corrupta, aparece de la mano de los intelectuales del nacionalismo cultural. Ricardo Rojas, Joaquín V. González y posteriormente Leopoldo Lugones.

Los inmigrantes y los judíos 

Desde 1875, hacia fines del siglo XIX y durante los primeros años del siglo XX, con el estado en funcionamiento y luego de la sangrienta matanza de indios llevada adelante por Julio A. Roca, el país vive una nueva realidad social, la llegada masiva de inmigrantes italianos y españoles. Para los gentelman de la generación del 80´ (Miguel Cané, Antonio Argerich, José María Ramos Mejía, entre otros) los inmigrantes constituyen un problema y comienzan a ser estigmatizados. Demás está decir que los inmigrantes conformaban el elemento popular, las masas trabajadoras que comenzaban a sindicalizarse. Así como en los tiempos de Sarmiento la estigmatización del indio y el gaucho respondía a necesidades económicas y políticas, en los primeros años del siglo XX el rescate de lo gauchesco apunta a la afirmación de la nacionalidad frente al problema de la inmigración; el inmigrante es ahora el estigmatizado y el gaucho encarna lo verdaderamente argentino. En esta operación discursiva que se da desde el estado hay que tener en cuenta la aparición de las luchas anarquistas que acompañan la corriente inmigratoria.

Esta estigmatización xenofóbica se lleva adelante a partir de las teorías del darwinismo social, el naturalismo como elección estética, la psicología de las masas. Lo cierto es que nos encontramos en una ciudad cosmopolita y vertiginosa que, si antes era la encarnación de lo civilizado frente al desierto bárbaro, poco a poco va perdiendo su valor positivo para transformarse en una cloaca plagada de inmigrantes italianos, ignorantes, olorosos, advenedizos y corruptos. Así hablaban Cané, Ramos Mejía, Cambaceres, Argerich, de nuestros abuelos. Hay también nuevas fuentes de legitimidad, la ciencia, la medicina, la psicología, la criminología, de las que los gentleman van a valerse para sus escritos. Pero existe también un personaje oculto, que no es pobre sino rico, que no llega de a montones ni grita por las calles, sino que se mueve en las sombras, es discreto, vil y se codea con los poderosos, es… El judío. El personaje antipático nuevo, el que nos enseña Martel en La Bolsa (1891), es quién se apropia del dinero ajeno sin trabajar, es el especulador, el prestamista. En Martel hay también una utilización de la ciudad como personaje, la ciudad es un lugar incómodo que genera, o mejor degenera, en un anonimato abstracto que permite el crimen. Estas primeras impugnaciones a la ciudad cosmopolita irán perfilando lo que será el rescate del campo y el gaucho por los nacionalistas culturales. La estigmatización del inmigrante obrero, anarquista, socialista o comunista, tiene su consumación en los hechos de la Semana Trágica cuando se fusila a cientos de obreros en la Patagonia y en las sanciones de las leyes de residencia y defensa social y en la violenta represión a los obreros metalúrgicos del establecimiento Vasena. Asimismo, la estigmatización del judío que se inicia en Argentina con la novela de Julián Martel antes citada, se consuma en la persecución que sufren los judíos por parte de la organización paramilitar de ultraderecha llama Liga Patriótica durante los años 1918 y 1919.

Los negros peronistas 

Hacia mediados de de la década del 40´, con el advenimiento del peronismo, millones de migrantes internos se trasladan desde las provincias hacia las ciudades debido al desarrollo industrial. Se los bautiza con el nombre peyorativo de “cabecitas negras”, se configura una nueva alteridad, un nuevo “otro” que con el tiempo será estigmatizado. El “negro peronista”, será entonces el nuevo enemigo elegido por las elites para eliminar. Cosa que sucede en el bombardeo asesino de la Plaza de mayo de 1955 y se continúa con la prohibición del peronismo durante 18 años. El 17 de octubre de 1945 miles de obreros se dirigen a la Plaza de Mayo a pedir la liberación de Perón. Una vez en libertad, Perón habla desde la Casa Rosada. Anuncia su retiro del Ejército y su lanzamiento a la acción política. Semanas más tarde, después de su casamiento con Eva Duarte, se dedica a la creación del Partido Laborista. Esta agrupación y la disidencia radical, llamada UCR junta Reorganizadora, apoyarán su candidatura presidencial. Este hecho marcará el inicio de una nueva Argentina en la que ya no se podrá tomar decisiones trascendentales sin la participación de los sectores obreros. A la vez se da comienzo a un proceso de inclusión social sin precedentes en términos de distribución del ingreso y de derechos de ciudadanía. Si el peronismo tuvo algo revolucionario, y creemos que lo tuvo, fue en términos culturales. Removió definitivamente las características culturales de la Argentina. El proceso de sindicalización que se había ido desarrollando en el país encontraba ahora un vehículo de acción, la vinculación con el Estado peronista.

Hay una reacción, lógicamente, de los sectores oligárquicos y de sus escritores, nucleados alrededor de la revista Sur que conducía y financiaba Victoria Ocampo. En esa línea se inscriben Borges y Bioy Casares. Combaten abiertamente al peronismo por intereses de clase y lo hacen apelado a recursos literarios específicos, a continuidades históricas ¿Qué podían conocer Borges, Bioy o Cortázar, de aquellos muchachos obreros de los frigoríficos, de los talleres mecánicos, de piel oscura, que vestían extravagantemente según el gusto culto de la época y que se lavaron las patas en las fuentes de la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945? Borges y Bioy, odiaron. Y su lectura del peronismo esconde un profundo racismo. Veamos la tristemente célebre ironía de Borges: “los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles” Es decir que están determinados. ¿Pero determinados por qué? ¿Por ser peronistas? No. Por ser negros, cabecitas, incultos, grasas, pobres. Por eso están determinados. Existe, para esta lectura aristocratizante, una cuestión genética que determina que algunos tengan privilegios y otros no. Existen entonces ricos y pobres, cultos e incultos, blancos y negros porque Dios así lo quiere y eso es inmodificable, es entendido y difundido como una ley natural. Ya sabemos que para Borges “la democracia es un vicio de la estadística”. Perón es Rosas en la imaginación de Borges y él, lógico, es Sarmiento.

El peronismo, con su costado humanista, su creencia en la justicia social y en el derecho a la mejora de las condiciones de vida de las clases populares, vino a subvertir el orden “natural” de las cosas. Por eso el odio al peronismo y a los peronistas. Porque según la lectura racista ese orden es inmodificable, equivale a desafiar a Dios. Por eso también los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en el 55´ asesinando a 300 personas inocentes llevaban la leyenda Cristo Vence.

Los delincuentes subversivos 

Entre mediados de la década del 60´y los principios de la década del 70´ comienza un llamativo proceso que consiste, en una primera etapa, en la estigmatización de los jóvenes y luego se continúa hacia los jóvenes politizados con ideas de izquierda o peronistas. Muchos de estos jóvenes se habían volcado al hipismo y muchos otros, a la luz de la revolución cubana, se acercan a la política y no descartan la lucha armada como forma de lograr el cambio social. Desde las estructuras estatales, el nuevo sujeto problemático va a ser estigmatizado bajo el nombre de “delincuente subversivo” o “delincuente marxista”. La persecución y el exterminio de este grupo estigmatizado nos dejo el saldo de 30.000 desaparecidos.

“Los desaparecido no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos” (tristemente célebre frase pronunciada por Jorge Rafael Videla).Como hemos señalado, parece, por su estructura y excesivo cinismo, una frase dictada por Borges. Si la muerte es el fin y la liberación última del individuo frente a las alternativas institucionales del poder que lo atraviesan en forma permanente, la condición de desaparecido, tal como la expresa brutalmente Videla, es sólo posible para marcar que sobre esos sujetos aún se ejerce el poder represivo del estado, a la vez que significa el vaciamiento total de la ciudadanía. No sólo no tienen derecho a vivir, ni siquiera tienen derecho a morir. Lo novedoso de estas prácticas de exterminio, lo que las distingue de los pedidos de Sarmiento de “exterminar a los indios, incluso a los pequeños que tienen ya el odio instintivo al hombre civilizado”, es que se trabajará de manera sistemática, burocratizando la muerte y la tortura y distribuyendo las responsabilidades por medio de la división del trabajo y la rutinización de las tareas represivas. Lo que se expresa durante la dictadura es una entrecruzamiento, yuxtaposición y mezcla de los imaginarios construidos históricamente con objeto de establecer una clausura en términos de ciudadanía hacia todo aquello que aparece como diferente. Bajo el rótulo difuso de “delincuente subversivo” se engloba una pluralidad de identidades a las que se vacía de su carga política. El hecho de que sean llamados delincuentes los sitúa por fuera de la legalidad y por ende por fuera de la política. La lucha no se dará en una discusión discursiva con el adversario político, sino que se postula un enfrentamiento con un enemigo al que hay que exterminar para sanear al país. Las acciones se postulan en términos de limpieza y purificación, de salvación casi religiosa. Se utiliza prácticamente todo lo visto hasta el momento en esta nota: el discurso higienista y médico, la apelación a lo patriótico frente a lo extranjero, de lo católico frente a lo ateo, de la civilización frente a la barbarie, de la culto frente a lo inculto. En la medida en que se establece una clausura, de que algo puede y debe ser privado de ciudadanía, es que comienza el camino radical hacia el totalitarismo.

Los bolivianos, los peruanos y los paraguayos. “Una inmigración descontrolada”. 
A partir de la toma de tierras en Villa Soldati y Villa Lugano, a través del discurso del Jefe de Gobierno porteño, se puso de manifiesto una idea que recorre desde hace años el sustrato profundo de parte de nuestra sociedad: la estigmatización de los inmigrantes de países limítrofes. La arbitraria vinculación que Macri hizo entre los inmigrantes, la delincuencia y el narcotráfico, apuntó directamente a la exaltación de la xenofobia y el racismo, y a legitimar la privación de derechos de ciudadanía a los sectores menos favorecidos de nuestra sociedad, ya sea que se trate de argentinos, bolivianos, paraguayos, peruanos o de cualquier otra nacionalidad. Desde la responsabilidad que implica ejercer cargos públicos ejecutivos, no puede de ninguna manera fomentarse el odio y la estigmatización hacia ningún grupo social.

Como puede verse, el elemento popular siempre ha significado un problema para las elites dominantes, hasta el punto de propugnar su eliminación física. La “solución final”, es lo que se esconde en el corazón profundo de todo racismo. Por eso, cuando empieza a realizarse una estigmatización hacia cualquier grupo social por parte de los encargados de gestionar el estado, debemos condenarla y ponernos en guardia frente a tamaña inhumanidad.