jueves, 7 de octubre de 2010

Progresismo?

Se largó hace tiempo, en ciertos rincones presuntamente pensantes de la clase media, el debate sobre qué significa el progresismo. Sus exponentes mediáticos más destacados son Sandra Russo, Jorge Lanata, Ernesto Tenembaum, Martín Caparrós, Victor Hugo Morales, Magdalena Ruiz Guiñazú y podríamos agregar a Pino Solanas, al diputado cívico Iglesias, a Martín Sabbatella, Carlos Heller, Daniel Filmus, y hasta a la mismísima Elisa Carrió. Obviamente el tema de fondo parece ser la identidad política de la clase media. Me voy a permitir dudar de la categoría de clase media, que se usa con total liviandad y que ya, a estas alturas, poco aporta a la comprensión de la lucha discursiva que se viene desarrollando. Las identidades sociales suelen ser entidades difusas, difíciles de categorizar, complejas. El campo de la economía no determina identidades sociales, mal que les pese a los marxistas más ortodoxos. Estas se construyen a partir de multiplés determinaciones, es decir, están sobredeterminadas y siempre en movimiento, por eso son difusas y plurisignificantes, abiertas y cambiantes, contradictorias. Voy a seguir a mi admirado Ernesto Laclau. Una identidad colectiva se forma a partir de la posibilidad efectiva de articular una serie de demandas insatisfechas a través de una cadena equivalencial, de manera tal de poder construir un antagonismo, es decir, de poder establecer un cierre, un afuera, un otro ontológico que aparece como el responsable de la insatisfacción de todas las demandas que forman la cadena equivalencial. Esto es una totalidad incompleta, por paradójico que parezca. Una vez que se ha establecido este antagonismo radical, podemos decir que existe una identidad colectiva. A su vez, debemos distinguir la formación de una identidad popular de otros tipos de identidades colectivas. Y la diferencia sustancial se encuentra en la forma que toman las demandas que construyen la cadena de equivalencias y en el camino de la articulación. Una demanda aislada y particular de cierto sector social (por ejemplo la lucha por el traslado de la pastera Botnia), es una demanda democrática, totalmente legítima pero que ha sido incapaz de sumarse a una cadena de demandas amplia, de distinta naturaleza y de diferentes reivindicaciones. Por tanto sigue aislada, no construye identidad popular. En cambio, cuando las demandas son capaces de articularse en una cadena equivalencial, es decir, son una pluralidad de demandas que toman la forma de una lucha hegemónica, que han logrado establecer un cierre, un afuera, y han sido capaces de articularse en un discurso que las contiene a todas, pero además se ha logrado privilegiar a una de ellas como la portadora de sentido, se ha creado una identidad popular (por ejemplo el discurso de Derechos Humanos que lleva adelante el Gobierno).



El debate al que hice referencia tiene, a mi juicio, mucho que ver con estas lógicas diferentes de formaciones discursivas.



Cuando Lanata dice "me tienen harto con los dictadura", no está comprendiendo que "la dictadura" es hoy mucho más que la sangrienta situación histórica viviva entre el 76 y el 83 y todas sus consecuencias, hoy la dictadura es el otro ontológico a través del cual se define antagónicamente nuestra democracia actual. Si nuestra democracia hay algo que no quiere ser, eso es la dictadura. La dictadura amenaza nuestra democracia, la niega, y por eso podemos sentir y comprender la identidad democrática, porque hay algo que no es la democracia. El significante democracia se ha llenado y contiene una pluralidad de demandas equivalentes que cobran sentido a partir de una cierta articulación y se amlagaman bajo el nombre de democracia. Se ha transformado en una identidad popular en contraposición a la dictadura, a través de la idea articulatoria de los Derechos Humanos. Este clivaje, que sólo había sido esbozado durante los dos primeros años de gobierno alfonsinista, toma a partir del 2003 un vitalidad inesperada.


El aislamiento que sufren hoy los comunicadores otrora estrellas de la lucha contra el menemato (Lanata, Magdalena, Tenembaum) y que los desespera, tiene que ver con que las demandas de las que eran portadores durante la era menemista y que habían logrado articularse en su forma popular, a partir del cambio que ha operado en la sociedad post 2001 comenzaron a satisfacerse, y otras han perdido su carácter popular, es decir, no han sido capaces de establecer una cadena equivalencial y articularse con otras demandas insatisfechas en la coyuntura actual. Durante el menemato, el otro, el afuera, era el menemismo, por tanto el progresismo se definía por lo que no quería ser, ser progresista era no ser menemista, pero también era no ser político, no ser el estado, no ser el oficialismo, este corte antagónico permitía que una serie de demandas muy disímiles que iban desde la lucha por el empleo, la lucha contra la corrupción, la lucha por los Derechos Humanos, hasta la crítica a la estética formal del entonces Presidente Menem, formaran la cadena de equivalencia y se forjara una identidad popular. Se emocionaron con la Alianza, se desencantaron luego, sobrevino el 19 y 20 y se cristalizó la cadena de equivalencia en la demanda madre del QUE SE VAYAN TODOS. Este TODOS eran todos los políticos. Es decir, de un lado estaba la sociedad y del otro los políticos, el gobierno y el estado que eran los causantes de las demandas insatisfechas del la sociedad. Esta lógica discursiva permitió la emergencia del estrellato de los comunicadores que se presentaron como la última salvaguarda de la ética y también posibilitó el surgimiento de la política como show mediático. Pero como toda identidad se define relacionalmente por lo que no es, no bien el otro cambia no puede más que modificarse la propia identidad antagónica. Lo que les sucede hoy a Lanata, Caparrós, Tenembaum, etc. tiene que ver con esto, con la incapacidad de comprender que la lógica del antagonismo ha cambiado, por tanto la identidad popular forjada durante el fin del menemismo, que les permitió el momento de su mayor auge ya que ellos eran quienes la expresaban, ya no existe, se ha diluído, ha mutado. Por eso están aislados, solos y sin entender bien qué ha pasado, por qué se han desangelado. Sugiero que la explicación es que se encuetran anclados en la lógica de los 90. No es de extrañar, durante ese decenio lograron su mayor popularidad, eran "la voz del pueblo". La soledad en la se encuentran hoy los lleva a plegarse a un polo antagónico que intenta generarse a través de los monopolios mediáticos y su demanda madre que es la de la libertad de expresión. El problema es que las demandas de tipo corporativo que las empresas monopólicas de medios llevan adelante, impiden la articulación con otras demandas de la sociedad. El ejemplo más burdo fue el fallido llamado a una movilización popular que intentó el grupo Clarín por el caso Fibertel. No pueden más que expresar demandas corporativas aisladas, o significantes flotantes incapaces de ser llenados por una cadena articulada de equivalencias de demandas.


Si todo lo que constituía una identidad popular durante los 90, es decir las demandas que se articulaban en la cadena equivalencial, comienzan a dejar de estar insatisfechas, la identidad se derrumba y más aún si se lleva a cabo la satisfacción de algunas de las demandas desde el espacio que otrora era el otro ontológico antagónico: el estado, el gobierno, los políticos y, en este caso tambien, el peronismo, otro cuco del pensamiento progresista. Resulta evidente que la antigua identidad popular de la que participaban los comunicadores en cuestión entró en crisis y con ella sus principales difusores mediáticos. No han podido salir de una lógica antagónica que ya no existe, que ha sido reemplazada por otra. Y es lógico que les pase eso, la lógica antagónica anterior les brindó sus mejores momentos. Participaban de una identidad colectiva y popular, eran sus portadores. Hoy aparecen como espectros babeantes del pasado.



En este sencillo ejemplo se ve lo difusa que suelen ser las identidades colectivas y lo sujetas que están a la contingencia. Es por esto que la categoría de clase media no nos sirve para pensar el problema del progresismo. Desde nuestra optica, la clase media estaría formada por una serie de demandas aisladas sujetas a la contingencia, por momentos algunas de esas demandas pueden formar parte de una cadena de equivalencias, de hecho eso es lo que pasa hoy con los sectores medios que apoyan al kirchnerismo. El problema que tiene hoy el sector de la clase media que no es afín al gobierno, es que no puede situar sus demandas en otra cadena equivalencial antagónica al kirchnerismo porque ninguna oferta le permite pensar que ellas van a ser satisfechas. Es decir, no hay un significante capaz de amalgamar. Una tentación fue el concepto de EL CAMPO, que al menos momentaneamente logró articular demandas disímiles en una lógica de construcción de identidad claramente populista pero de signo conservador y tradicionalista. El límite que sufrió esta construcción de cadena de equivalencias es que la clase media urbana, es decir aquella que tiene mayor visibilidad, es justamente urbana, y el accionar concreto de lo que se llamó EL CAMPO, cobró un fuerte contenido antiurbano a partir del lock out patronal que generó desabastecimiento en las ciudades. No se logró una articulación duradera, no pudo llenarse el significante vacío.


El gobierno cuenta con dos ventajas discursivas considerables, una identidad popular ya generada vinculada al peronismo -que aunque residual sigue siendo de una gran fortaleza- y una articulación alrededor del eje Democracia / Derechos Humanos, que le permite armar su discurso y efectuar el cierre, definir al "otro".


El problema quizá sea pensar que el progresismo tiene alguna forma de ideología. El progresismo no la tiene en absoluto. Puede ir hacia la derecha o hacia la izquierda según el contexto en el que opere. El progresismo se emparenta más bien con la idea de moderación, de cierto equilibrio, es claramente una expresión política que tiende siempre al centro. Es erróneo caracterizarla como una izquierda democrática. Es más bien un concepto que debe ser permanentemente llenado a partir del análisis contextual. Por esta razón no es lo mismo el progresismo durante los 90 que en la actualidad. Porque en tanto identidad colectiva articulada en un discurso, que se define siempre por negatividad, el progresismo también es un concepto difuso, siempre en formación. Por tanto las demandas que articularían su cadena de equivalencias serán distintas en cada contexto. Veamos algún ejemplo:


El progresismo en los 90 abarcaba, entre otras, las siguientes demandas: trabajo, salud, educación, intervención estatal, transparencia, respeto a las minorías, justicia independiente, salarios dignos, juicio y castigo a los genocidas, soberanía, independencia, cuidado del medio ambiente, etc. Esta pluralidad de demandas se encolumnó detrás del la idea de transparencia, en contraposición a corrupción. El significante corrupción encerraba a su vez, lógicamente al gobierno, al estado, los políticos, los partidos, los sindicatos, y hasta el mercado. Los garantes de la transparencia fueron entonces los periodistas que expresaban y difundían las demandas progresistas (Lanata, Tenembaum, Magdalena, etc.). Sólo esa cadena equivalencial, en ese contexto específico, definida en antagonismo con todo lo que expresaba el menemato, pudo amalgamarse detrás de la idea de transparencia y constituirse como una expresión de centro izquierda.


A partir de 2003, la mayoría de esas demandas fueron paulatinamente abordadas por el gobierno a través de la gestión del estado, situación que se acelera a partir de 2007 y que puede enumerarse repasando las siguientes medidas de gobierno: nombramiento de una Corte Suprema independiente, generación de empleo, negociación exitosa de la deuda externa en default, reapertura de discusiones salariales, juicio y castigo a los genocidas, Ley de Educación Superior, Ley de servicios de Comunicación Audiovisual, Asignación Universal por Hijo, Ley de Matrimonio Igualitario, entre las más importantes.


De manera que el antagonismo transparencia / corrupción ya no define identidades. Y es en esta anacrónica lógica en la que se siguen manejando los periodistas como Lanata, Magdalena, Tenembaum, etc.

Sería a su vez pertinente la pregunta sobre qué es ser progresista hoy. Nos animamos a acercar una respuesta en una calve que suele utilizar Martín Sabbatella: el kirchnerismo es el piso. Por tanto, ser progresista hoy sería reconocer los avances del gobierno e intentar solidificar las conquistas logradas, pero apuntando a una profundización y abordaje de aquellas cuestiones aún pendientes. En términos de demandas situaríamos la ampliación de derechos y ciudadanía de los pueblos origninarios, el avance hacia las destrucción de las estructuras monopólicas, el mejoramiento de la calidad del empleo, la profundización de la distribucion de la riqueza, la apertura a nuevas voces en el espectro mediático, el avance sobre el cuidado del medio ambiente, la reconstrucción de la red ferroviaria, el freno al avance de la frontera agropecuaria, la aceleración de los plazos de la justicia en las causas por crímenes de lesa humanidad, por citar algunos ejemplos. Pero la pregunta que sigue tiene que ver con qué actores sociales son los que impiden llevar adelante esta pluralidad de demandas, es decir, dónde se sitúa el otro ontológico que hace que esta serie de demandas se encuentren en parte insatisfechas. Claramente son las corporaciones, ya sean del ámbito mediático, agroindustrial o financiero -frontera ya dificil de dilucidar porque los negocios suelen estar diversificados-. Lo cierto es que son éstos poderes fácticos los que impiden en gran medida el avance progresista. Quiero decir con esto, que parece y es lógico que se le reclame a los encargados de gestionar el estado, al poder ejecutivo y legislativo, al gobierno, por estas demandas. Lo que no puede comprenderse dentro del arco progresista es que se combata a este gobierno siendo funcionales a las corporaciones que son las que verdaderamemte impiden el avance progresista. Hay una idea errónea de que es el gobierno el mayor factor de poder, por tanto, el progresismo con su impronta liberal implicaría siempre una alternativa de limitar al poder. El problema surge cuando el poder que hay que limitar no es el del estado sino el de las corporaciones. Límite que puede lograrse a partir de una articulación de acciones del estado con la sociedad civil. Se desconoce desde esta perspectiva que el poder ya hace rato que no se sitúa en el gobierno, incluso habría que preguntarse si es plausible de ser pensado el poder como situado en algun lugar. Foucault nos decía que estaba capilarizado en multiplés discursos y operaba permanentemente sobre los cuerpos. Pero esta idea es una filosofía del poder, que aunque compartimos en general, preferimos pararnos en otra óptica. Más bien participamos de la idea de que hay poderes en pugna por la hegemonía y que la impronta liberal de cierto progresismo le impide hacer una lectura del antagonismo existente en la coyuntura actual.
En general se piensa que lo difuso de las formaciones discursivas que se articulan en un discruso político suele ser un problema. Preferimos pensar que esa riqueza y contingencia es lo que hace posible cualquier operación política exitosa, o sea, la única forma plausible de acercarse a lo real que no puede ser representable. Comprender esto es estar abierto a la contradicción, es decir a que en una cadena equivalencial pueda haber demandas contradictorias y no obstante forman parte de una totalidad parcial, de una identidad colectiva, de un pueblo. Sólo las lectura que entienden la posibilidad de lo social como algo totalmente transparente, pueden confundir el polo en que deben situarse en la lucha por la hegemonía, o sostener la credulidad de aparecer como imparciales. Si no hay contradicción hay esencialismo o teleología, en el peor de los casos fundamentalismo y muchas veces pura ingenuidad.








1 comentario:

Alberto dijo...

Me resulta sumamente interesante por la posible fertilidad que pueda producir este análisis a partir de los conceptos y categorías utilizadas. Veo bien que además pueda sostenerse con ejemplos concretos.